Cuando hablamos de la crisis humanitaria venezolana tenemos la obligación de ir a los números, pues nos sirven como elementos probatorios para poder medir sus gigantescas proporciones. Sin embargo, una cosa es reseñar, por ejemplo, el altísimo porcentaje de familias que viven en nuestro país en condiciones de pobreza y pobreza extrema y otra completamente distinta es ver los rostros de quienes la padecen y escuchar de sus labios palabras de dolor y angustia por tener que encarar la miseria a diario. Esto último es algo que arruga el alma y constriñe el corazón.
Vivir esa experiencia no tiene precio para quienes luchamos por la libertad y por la calidad de vida que se merecen todos los ciudadanos de nuestro país. Y decimos que no tiene precio, porque nosotros como diputados a la Asamblea Nacional legítima electa en 2015, como servidores públicos que somos, nos comprometemos más a alcanzar las metas que tenemos previstas lo antes posible.