Luego de un periodo de euforia, tras la caída del muro de Berlín y la afortunada desaparición de la URSS, en la que la ortodoxia económica llegó a expresar que la ausencia de contrincantes a la democracia liberal suponía el “fin de la historia”, el mundo regresó a la dura realidad después del 11 de septiembre de 2001: la democracia tiene muchos y peligrosos enemigos distintos al comunismo. El ascenso del terrorismo, el deterioro ambiental, los riesgos inherentes de una economía global, las amenazas sanitarias a escala planetaria y la proliferación de regímenes autoritarios en buena parte del mundo nos demuestran que los demócratas y las democracias tienen desafíos no solo complejos sino también existenciales.