He tenido la oportunidad de conocer a venezolanos respetados, sólidos intelectualmente, con eminentes servicios prestados al país, que manifestaron su apego a la teoría sociológica del positivismo. Alegaban que nuestro pueblo no tenía las condiciones de madurez suficientes para desenvolverse en democracia, y por tanto, necesitaba la guía de un gendarme-militar necesario. Las sociedades infantiles requieren del hombre fuerte que las tutele y haga mantener el orden. Asumen a la democracia como desorden y bochinche. Estas eran las consideraciones, groso modo, de mi apreciado amigo José Antonio Giacopini Zárraga y, en cierta forma, de mi ilustre profesor Tulio Chuiossone. De esta manera justificaron ambos actores del posgomecismo el golpe al gobierno elegido democráticamente de Rómulo Gallegos.