Muchos venezolanos preservamos intacta la esperanza en que seremos libres. Somos una Venezuela numerosa, ejemplar y radiante, que entendemos muy bien lo que enfrentamos y lo que se debe hacer para derrotarlo. Pero también hay hoy otra Venezuela, acechada por una pérdida de confianza en ese mejor porvenir. Ese país sufre un desaliento que, aunque circunstancial, es peligroso y desesperante. Nadie que enfrente al mal, por muy mal que esté, tiene derecho a caer en el juego del desaliento, de la desesperanza. El desaliento es parálisis, es derrota, quita vida. La esperanza, por oposición, es acción, es victoria y da sentido a la vida.