El papa Francisco proclamó el pasado miércoles que la guerra en Ucrania, como todas las demás, «representan un ultraje a Dios, una traición blasfema al Señor», durante la audiencia general celebrada en el aula Pablo VI. En eso tiene toda la razón su santidad, ya que semejante genocidio es una masacre ante la cual nadie debe mostrarse indiferente ni mucho menos permisivo. Hizo bien la Asamblea General de la ONU en excluir la representación de Rusia de la Comisión de Derechos Humanos y ahora falta que la misma suerte, corran los impostores que alardean ser defensores de esos derechos, alzando los pendones de las falsas revoluciones de Cuba y Venezuela.