En mi escuela primaria había una niña que alardeaba de que su padre estaba de misión en Nicaragua. Una vez apareció con una sofisticada bolsa para llevar la merienda y otra con unas hebillas de pelo de color llamativo que aquel asesor militar le enviaba desde Managua. En mi mente infantil, ese país era un lugar de uniformes verde olivo y mercados bulliciosos, el destino de los revolucionarios elegidos para pelear y comprar pacotilla.