Miedo a las armas

La cultura de posesión de armas en Guatemala es un misterio para quienes nunca hemos ni pensado tener tal cosa en nuestras manos, aunque tengo presente en la memoria infantil que en los días de los cateos selectivos, cuando las garantías estaban suspendidas, mi santa abuela ordenaba a mi hermano mayor encaramarse en la escalera, en el alto caserón de la Antigua, para esconder en el cielo falso de su dormitorio el par de escopetas de perdigones, que deben haber sido destinadas a la cacería de pájaros o venados o sabe Dios qué tipo de fieras en las incursiones de madrugada por los cerros circundantes. De entonces recuerdo también un casco beige tipo Daktari, que no sé a quién perteneció. Pero a nosotros, la manada de niños, no se nos permitía ni siquiera tocar el hierro o cacha de madera de aquellos instrumentos deportivos. Mi abuela decía siempre, y lo repitió mi madre, que a la hora de un conflicto era preferible ser la víctima, y por supuesto saltaba el debate aireado de quienes alegaban el derecho de la autodefensa. 

En los días de universidad un amigo nos mostró la escuadra de su padre, en una reunión de estudio. Apenas la toqué superficialmente, y sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo como ramalazo de la muerte.

En el primer trabajo formal que tuve me correspondió asistir eventualmente a ferias en el interior, y a la entrada de las carpas bailables en oriente se pedía a los asistentes que entregaran las armas para su resguardo. Si mil personas llenaban la carpa, por lo menos se recaudaban 500 armas. Ya afuera de los salones controlados se sucedían los actos de violencia, y al preguntar a los residentes cómo había estado la feria, me contestaban que tranquila, que solo había habido dos muertos, por ejemplo, o muy alegre en caso de que las víctimas fueran más numerosas. 

Una vez me contaron el caso de un muchacho que se paseaba con la enamorada por el parque de Zacapa, y un joven atrevido la piropeó, así que indignado voló a armarse, regresó rápido y frente a testigos lo mató. Todos guardaron silencio, nadie recurrió a la delación, le dieron un par de palmadas en la espalda y le recomendaron que cruzara la frontera y desapareciera.

Los sucesos recientes en los Estados Unidos, donde fueron asesinados 19 niños y dos maestras, tienen impactado al mundo porque no hay derecho. Sabemos que la globalización promueve los estímulos agresivos en todas partes, que la programación por aplicaciones es incontrolable, que en cualquier momento salen los locos y explotan. En estos días se discutirá la idea del desarme en el país más poderoso del mundo, mientras aquí estamos mucho más lejos de lograr tal cosa, sería casi imposible. 

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Author: Maria Suarez