Vida, el primer álbum de Sui Generis, está cumpliendo, este 2022, cincuenta años. Una edad respetable para un disco demasiado joven, posiblemente el más joven que se haya grabado en la historia de la música popular latinoamericana, Una sinfonía para adolescentes, como lo calificó en algún momento su artífice Charly García. Y sí, muy pocos discos producidos de este lado del planeta han sabido capturar, de una forma tan sutil y, aunque suene a lugar común, tan poética, ese estado de espíritu, ese estado de gracia, esa sensibilidad para aprehender el mundo que se da en ese tránsito entre la niñez y la edad adulta.
Cuando Charly entró al estudio de grabación para realizar Vida, estaba por cumplir 21 años y Nito Mestre, el otro integrante del dúo, tenía 19, los suficientes ya para escribir cosas como “Hubo un tiempo que fui hermoso/ Y fui libre de verdad/ Guardaba todos mis sueños/ En castillos de cristal…”, versos ingenuos, si el tema no se llamara Canción para mi muerte: “Te encontraré una mañana/ dentro de mi habitación/ y prepararás la cama para dos”. “No le estamos cantando a un chica, le estamos cantando a la muerte…”, algo así dijo Chaly durante la presentación del grupo en el BA Rock 72, el mayor recital rocanrolero que se realizaba en Argentina, un momento captado para la posteridad en la película Hasta que se ponga el sol de Aníbal Uset.
Conocí Vida en una época turbulenta, en medio del terremoto del año 76 en Guatemala. Un casete que alguien me prestó y que de seguro ya había dado demasiadas vueltas. Canciones de una sencillez abrazadora, extrañas para mis oídos, en ese momento demasiado cercanos a la suntuosidad de lo que llamábamos música progresiva. Nadie por aquel entonces tenía por estos lares mayores noticias del rock argentino. Del Sur más bien nos llegaban grupos como Quilapayún y el Quinteto Tiempo, el nuevo canto latinoamericano, con letras que se convertían en himnos y nos invitaban a construir el futuro: “De pie, cantar/ que vamos a triunfar/ avanzan ya/ banderas de unidad…”, así que lo de Sui Generis era algo medio marciano, pero con un encanto que te subyugaba desde la primera nota, desde la primera frase, que te movía sentimientos inéditos para la canción escrita en lengua castellana.
En La noche de los lápices, la película de Héctor Olivera (por cierto productor de Hasta que se ponga el sol), un grupo de adolescentes, hombres y mujeres, secuestrados durante la dictadura militar argentina, cantan canciones de Sui Generis para aferrarse a la vida y resistir a la tortura. Son escenas conmovedoras en donde las composiciones de Charly adquieren otra dimensión, canciones que se enfrentan al horror y a la muerte, canciones contra las que los tétricos dinosaurios que todavía están ahí no pueden mayor cosa, así intenten borrarlas de la faz de la tierra.
Aún con sus fallas técnicas y su producción desenfadada, que hacen parte de su mismo encanto, Vida es una de las escasas obras maestras que ha producido el rock latinoamericano. Canciones que han atravesado todas las edades, todas las censuras, todas las tormentas, todas las inclemencias del tiempo y continúan ahí, como si hubieran sido escritas ayer, dándonos a cada escucha un soplo de libertad y de belleza.