Dos antisistema: Pedro Molina y José C. del Valle (V parte)

Admirado por la biblioteca de Del Valle, al subir la mirada, pendía de la pared un mapamundi y un gran mapa enorme de América del Sur, de tiraje limitado, más otros de Mesoamérica, pequeños en comparación, y se deleitó con los libros de Heródoto, Platón y Aristóteles en latín y los viajes por América de Von Humboldt escritos en alemán.

Ciertamente el dinero del padre del Sabio, gran terrateniente de Honduras, más su cargo actual de fiscal del Gobierno, le proveían la plata para comprar tantos libros sin salir nunca del istmo. Molina ya sabía que Del Valle era tan curioso que siempre que alguien partía a Europa o a Estados Unidos pedía libros novedosos, algunos con una lista de los textos, en los cinco idiomas que había aprendido como buen autodidacta, al punto que se escribía con regularidad con intelectuales reputados del Viejo Continente, entre ellos Bentham, que era el más reconocido del momento.

A la hora llegó Del Valle a conversar con el médico y degustaron un aperitivo en el corredor sobre unas cómodas poltronas entre espléndidas y rosadas azaleas. En un momento el Sabio le confesó: “Así que, Pedro, le digo que yo no me siento guatemalteco ni hondureño, y más bien mi mente y corazón se orientan por la razón y el conocimiento”. Y leyó su último manuscrito: “Hablan el pueblo y la clase distinguida. El pueblo. ¿Qué trabajo ejercéis en nuestra sociedad? La clase distinguida. Tomándonos la incomodidad de gobernaros”.

“Nosotros producimos, vosotros disipáis… mejor formad una nación aparte y gobernaos a vosotros mismos” y Molina soltó una sonrisa. “José, le digo que de nada serviría la libertad de imprenta si los abusos del poder no se pudieren patentizar por su medio, sobre todo las arbitrariedades de los magistrados, del prevaricato del funcionario público… Ya que gozamos de libertades vamos a seguir con nuestros escritos, bien fundamentados, con decencia y sin arrebato ni injuria alguna”.

Ambos se juntaron en la tertulia en casa del canónigo Castilla y escucharon al muy joven Alejandro Marure, que expuso las causas de los cambios revolucionarios que se dan en América, con base en su disertación para graduarse de bachiller. Y comenzó con el alboroto de la Revolución estadounidense y francesa, que luego Napoleón difundió a toda Europa con doctrinas regeneradoras hasta que ocupó España, y siguió Bolívar en Bogotá y Cartagena. En Nueva España los Allende, los Hidalgo, Abasolo, Aldama y otros ilustres mejicanos dieron en Dolores el glorioso grito de emancipación aunque hasta llegaron los curas que fueron aplastados.

En Guatemala las autoridades procuraban ocultar esos movimientos o los falseaban como a unos monstruos a los promotores de la independencia, y los nombres de insurgente y hereje eran sinónimos. En todos, los insurgentes no eran sino bandidos y asesinos; los españoles que los degollaban unos santos que no hacían sino algunas justicias en represalia para contener el furor de las insurrecciones de América.

Se decía que las revoluciones eran contrarias al culto católico, que iban a degollar a los sacerdotes, violar a las vírgenes, saquear y matar. Con estas imputaciones, siguió diciendo Marure en la tertulia, fingiendo milagros, inventando castigos del cielo, fulminando anatemas y empleando otras supercherías se procuraba atraer sobre los amigos de la independencia la execración de los pueblos crédulos.

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Author: Maria Suarez