A los ciudadanos que nos ha interesado estudiar la historia de Guatemala, por lo menos de finales del siglo XIX hasta nuestros días, hemos visto cómo algunas fórmulas que emplean las dictaduras tratan de implementarse con recurrencia. El control por parte del gobernante que quiere convertirse en dictador del Organismo Ejecutivo, del Legislativo y especialmente del Organismo Judicial son sus primeros pasos. Los guatemaltecos como pueblo tenemos vasta experiencia sobre el tema, partiendo de la dictadura de Manuel José Estrada Cabrera. Conocía el país como el relojero a su reloj, parafraseando a don Luis Cardoza y Aragón. Cabrera, como lo llamaban sus detractores, que curiosamente eran los integrantes de la élite conservadora del país, básicamente ejerció control sobre los tres organismos del Estado; además, deseaba que los jueces le consultaran cualquier resolución que fueran a tomar en los distintos juzgados del país. Naturalmente que también pateaba generales que no le obedecían o que caían en desgracia con él. Todos los partidos políticos o gremios que funcionaban estaban controlados por su dictadura. En el caso del general de línea Jorge Ubico Castañeda, su alumno, tuvo no solo el control del ejército, sino también de la temida Policía Nacional, además de los medios modernos de comunicación, como la radio y el cine. Ubico tuvo en la Auditoría de Guerra un aliado incondicional y fusiló no solo a sus antiguos correligionarios, sino también a los verdaderos enemigos, reales o ficticios, con juicios sumarios y rápidos. Las ejecuciones al principio fueron en la vía pública para generar miedo y escarnio. Posteriormente, los fusilamientos se desarrollaban al interior de los cuarteles militares. Fusiló a “señoritos”, hijos vagabundos o sin oficio de la high society, a políticos socialdemócratas, a militares no afines a su régimen dictatorial, a estudiantes y profesionales universitarios, a comunistas reales o bolcheviques inventados y ley fugó a cuantos presos se le dio la gana. Naturalmente que hubo jueces civiles y militares que se plegaron al dictador. Y los que no lo hicieron tuvieron que asilarse en México, algunos países de Centroamérica y en ciudades como New Orleans y New York, en los Estados Unidos de América. Ubico Castañeda llegó al poder de la mano de Sheldon Whitehouse, embajador de ese país, y fue tolerado en medio de los años turbulentos de los treinta, con escenarios dantescos como la Gran Depresión capitalista de 1929 y los prolegómenos de la Guerra Civil española y el surgimiento del fascismo en Europa, especialmente en Alemania e Italia. Un presidente demócrata, el admirado Franklin Delano Roosevelt, lo toleró, con todo y su State Department. Los días que estamos viviendo en Guatemala nos muestran que al presidente Giammattei “supuestamente” no lo tolera el presidente demócrata Joe Biden, pero no solo lo ha dejado desgobernar el país, sino ha ayudado a su gobierno con una diversidad de apoyos, desde las vacunas hasta ramos económicos y sociales concretos que implementa AID. Giammattei y su camarilla se esfuerzan en terminar el andamiaje de una dictadura y los jueces independientes como el distinguido juez Miguel Ángel Gálvez y otros que ya se encuentran en el exilio, han sido piedras en el zapato que la dictadura en ciernes tiene en la mira. Al honorable juez Gálvez le ha tocado conocer y resolver juicios muy difíciles y peligrosos, pero siempre ha tenido como objetivo la impartición de justicia como su cargo lo demanda, con conocimiento, honradez y dedicación. Una característica del juez Miguel Ángel Gálvez es que tiene una vocación docente innata, que la ejerce maravillosamente con los propios periodistas y los medios de comunicación social. Protección del Estado para el juez Gálvez.