El imbécil integral

El imbécil integral es un sujeto (o una sujeta, si adoptamos el lenguaje “no sexista”) que nunca duda, porque tiene en su alforja dos o tres presupuestos o premisas simples jamás cuestionadas acerca de la vida y de la sociedad en general, y solamente un par de utensilios cognitivos con los cuales elabora su percepción de la realidad, como el niño que, habiendo aprendido solo a utilizar un martillo, aborda luego todos los problemas como si fueran clavos. 

Lo cierto es que los humanos padecemos con frecuencia diversos grados de imbecilidad producto de la ignorancia, pero a menudo la vida nos hace tropezar, es decir, tenemos la capacidad de recapacitar y desarrollar instrumentos conceptuales y creencias más adecuadas para interpretar y actuar en el mundo. Sin embargo, no es el caso del imbécil integral quien, por definición, es simplista en sus apreciaciones y perentorio en sus prejuicios, incapaz de tomar en cuenta la complejidad de las cosas.

Quien no sea un imbécil integral, reconoce los méritos y bondades de otros sistemas de pensamiento, de otras culturas y sensibilidades, aunque no las entienda o comparta. Es decir, acepta no ser dueño de la verdad absoluta. Puede, además, situar los hechos y las cosas en su justa dimensión, tomando en cuenta la relatividad de las circunstancias y la variedad de contextos en los que se desenvuelve la existencia. 

Por ejemplo, uno puede ser ateo y, sin embargo, reconocer los valores implícitos de las religiones, o puede ser crítico del capitalismo, pero aceptar los aportes históricos que el capitalismo ha hecho al desarrollo de la humanidad, o puede ser acólito del libre mercado, y reconocer que sin reformas sociales de envergadura y sin un mínimo de regulación estatal de la economía, el pez grande se come ineluctablemente al chico. Es decir, que los innumerables y terribles crímenes cometidos, sea por guerras religiosas, por agresiones imperialistas o por aberraciones socialistas, por mencionar esas tres grandes fuerzas ideológicas, no anulan los aportes que, paradójicamente, han hecho para la humanidad. 

Pensemos en aquellos personajes históricos maestros del pensamiento cuyas ideas y actos no están exentos de polémicas contradicciones, de incomprensión y de odios, como sucedió con Jesucristo y Mahoma, con Julio César y Napoleón, con Lenín, Gandhi y Mandela, con Galileo o Einstein, con Hegel y Nietzsche, con Marx y Engels, y tantos otros. Todos representan un inmenso campo de luces y de sombras que le han otorgado relieve al vasto territorio humano que llamamos cultura. Conocerlos y apreciarlos sin que vomitemos espuma por la boca es tal vez la mejor señal de que hemos alcanzado cierta mayoría de edad, y con un poco de suerte y de empeño, evitaremos así morir idiotas.

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Author: Maria Suarez