El incomprendido

Para Giammattei la administración Biden debería estar complacida con su gobierno. Él, dice, le hace el trabajo sucio de contener migrantes irregulares y sus caravanas. Es, además, asegura, gran aliado en la guerra contra las drogas.

Se queja porque en vez de premiarlo, Washington lo maltrata; es más, asegura, quiere desestabilizarlo. Anota como ejemplos (falsos) el reconocimiento de los pueblos indígenas (que ya lo hace la ley guatemalteca), la cooperación con ONG independientes y el resguardo en Washington de decenas de fiscales y jueces perseguidos por su régimen. Se lamenta que el embajador Popp se haya solidarizado con la jueza Aifán, pues, según él, esa locomoción diplomática viola (aunque está garantizada por) la Convención de Viena.

Se pronuncia claramente a favor de Taiwán y en contra de China (música para los oídos de Washington); además, critica la invasión rusa de Ucrania. Con esas credenciales, ¿por qué la animadversión de Washington, contra el último aliado de EE. UU. en la región?, según él.

Para Giammattei se trata de una desavenencia ideológica: él es pro-vida, Biden, no; él es conservador y globalófico (no sé si entiende su significado), Biden, no. Así es como a Giammattei le aconsejan sus lobistas que edifique su política exterior: un cuadrilátero ideológico reforzado con acero. Buen truco lobista para meterse en el bolsillo cifras de nueve ceros en dólares.

Esto –y otras cosas, incluyendo empujará una reforma de la CIDH-OEA– es lo que dijo en una entrevista reciente con ‘The Global Liberty Alliance’, ultraconservador y marginal (solo en un país marginal lo podríamos comentar). 

Su resentimiento se concentra en el Departamento de Estado y contra el exembajador Todd Robinson, actual secretario adjunto antinarcóticos.  

La otra cara de la moneda.

Washington no le cree a Giammattei –incluyendo demasiados republicanos. Lo ven como un tipo corrupto, que recibió dinero de fuentes indecibles y piensan que les está retribuyendo, arriesgándose a la exposición pública con los capitos del narco. Le llevan la bitácora de cómo destruye paso a paso el Estado de derecho y persigue a los fiscales y jueces independientes y entroniza el narco. 

Dudo que su narrativa calce con los empresarios que sí tienen qué perder, si les tocan el tratado de libre comercio (CAFTA) y otras señales de amistad.

Para la academia internacional, Guatemala retrocedió en los últimos dos gobiernos a una condición “híbrida”, es decir, todavía no dictadura, pero tampoco democracia, yendo más hacia la autocracia. Para Washington y las capitales políticas de Occidente, Guatemala está en franca regresión democrática.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez