Nos hemos convertido en una masa gigantesca de cínicos. Vemos mensajes llenos de ironía, sarcasmo y burla ante la gama de acontecimientos que diariamente contraen nuestras vidas, pero no pasamos de ellos. Algunos dirán que hemos vuelto a normalizar lo que por algunos momentos se consideraron hechos grotescos, lamentables e inadmisibles, como la corrupción, los servilismos y las actitudes descabelladas de los llamados gobernantes. Otros dirán que así ha sido siempre: lo que en otras sociedades es imperdonable, aquí se tolera al máximo e incluso se respalda y aprecia.
Los originales cínicos se caracterizaban porque prescindían de todo lo que no pueden llevar encima, para “librarse de los caprichos de la fortuna y regir su propio destino”. Su objetivo era alcanzar la felicidad y las virtudes de un ser humano, pero esto se conseguía si se dependía solo de sí mismo. El propósito final de los cínicos era alcanzar la autarquía, la independencia de todo condicionamiento exterior; lo que ahora llamaríamos la autosuficiencia.
El cínico de hoy es quien vive su existencia, pero se aísla de todo (o casi todo) lo que sucede en el exterior; lo que causa ruidos. Esa categoría la encabezan los hechos políticos, los problemas de orden mayor, lo que está más lejos que la punta de la nariz. Lo que sucede con la “justicia” importa un comino. Tal como sucedía con los cínicos originales, las leyes establecidas y las convenciones sociales no eran importantes; quienes además despreciaban las normas, las instituciones, todo lo que fuera considerado como atadura.
Hay una variedad de cínicos contemporáneos. Están los “qué me importa”, también los “me importa, pero qué puedo hacer” y los “hagamos algo, pero quién nos convoca”. Muchos encubren el cinismo diciendo que al final lo que importa es ser feliz. Ese concepto, la felicidad, merecería una discusión aparte que permita descifrar su naturaleza y alcances.
Lo que vivimos me recuerda el ensayo de Bertrand Russell Sobre el cinismo de la juventud, donde describe la penetración del cinismo en las conciencias occidentales, valiéndose de recursos como la religión, el uso del falso patriotismo, entre otros vehículos perversos.
Las redes sociales están repletas de mensajes catárticos. Se despotrica contra todo y contra todos. En medio de esa selva se pierden los objetivos de fondo, se desnaturalizan los factores que deberían ocupar mayor preocupación, y lo que es peor, se corre el riesgo de despersonalizar a los verdaderos responsables de la lluvia de desmanes en curso. Se privilegia la dispersión de los mensajes. Ayer la preocupación mayor fue el orificio en una vía muy transitada, hoy la solicitud de antejuicio contra uno de los últimos jueces respetables que aún quedan en el país, mañana aún no lo sabemos. Y así transcurre la cotidianidad. Allí el cinismo tiene poca cabida, pero fuera, en los espacios de convivencia social, se experimenta otro mundo.
Mientras los ruidos indescifrables pululen por un lado y las diatribas por otro, lo que en realidad prevalecen son los silencios. Esas muestras de inercia, de vivir en los mínimos. Sobrevivir llevados por las olas, sin mayor rumbo propio, arrastrados a lo que salga. Es allí donde el cinismo adquiere cierto sentido y se vuelve contagioso.