Lado B
Elías Barahona es el protagonista de ‘El silencio del Topo’, el documental de Anaïs Taracena que se proyectó el pasado fin de semana en Guatemala, luego de haber conquistado una buena cantidad de premios en distintos festivales internacionales. Una película, o quizá tendría que decir una metáfora, o una reflexión necesaria sobre la historia reciente del país, sobre todo en este momento en que los fantasmas del pasado regresan para recordarnos que vivimos en un territorio signado por la persecución, la violencia, la represión, la muerte…
La historia de Elías, ‘el Topo’, se hizo legendaria a principios de los años ochenta, cuando tuvo que huir del país para salvar su vida y la de sus pequeñas hijas. Durante cuatro años, desde 1976, había sido uno de los hombres más cercanos al ministro de Gobernación Donaldo Álvarez Ruiz, uno de los pilares del terrorismo de Estado puesto en marcha por gobiernos militares como el de Lucas García. Siendo uno de los periodistas más relevantes de la época, la función de Elías era crearle una imagen “positiva” al Ministro frente a la prensa y ayudarlo en su ambición de llegar a la Presidencia de la República. Sin embargo, como militante de una organización de izquierda, Elías realizaba en verdad una misión de contrainteligencia dirigida a desbaratar la sangrienta estructura represiva del régimen. Libró a mucha gente de la desaparición y la tortura y él mismo pudo salvarse de milagro.
Conocí los pormenores de la historia por medio de su hermano, mi queridísimo y recordado David Barahona, y de Carlos Obregón, gran teatrista a quien le debo mucho, amigo de Elías desde la infancia. Lo llamábamos ‘el Gato’, por la intrepidez felina, y porque era el apodo que Carlos le había puesto cuando cursaban juntos la secundaria. A Elías lo conocí personalmente cuando visitó a su hermano en París, a principios de los años noventa. Pasamos un verano memorable, platicando mucho sobre la Guatemala de los años setenta, pero sobre todo hablando de literatura. Me contó que escribía poemas desde la adolescencia y que tenía una serie de notas desordenadas sobre sus experiencias pasadas. Escribía además muchas cartas, era su manera de aliviar un insomnio crónico, debido a un estado de salud que ya le había cobrado tres infartos.
Luego nos encontramos en Guatemala y, cuando yo decidí saldar mis cuentas académicas pendientes, fue mi catedrático de periodismo. Ya en esa época todos le llamaban ‘el Topo’. Yo no tenía que llevar su curso, pero me inscribí para que pudiéramos vernos y así platicar un rato. Como periodista era brillante y se empeñó en transmitirme su “olfato” para seguir la noticia. Me dio a leer, además, los borradores de las novelas que estaba trabajando, construidas a partir de esos apuntes desordenados de los que me hablaba años antes. Un Viernes Santo me llamó para avisarme que David había muerto. Lloramos ambos al teléfono.
Obsesionada tanto como yo con las historias soterradas, Anaïs rastrea entre los escombros para contarnos quién fue Elías: recortes de periódicos, retazos de filmes ya desfigurados por el tiempo, papeles amarillentos, relatos de los amigos…Nos quiere contar a qué se parece el silencio, no solo el del ‘Topo’, sino el nuestro.