En noviembre de 1975, el dictador chileno Augusto Pinochet viajó a Madrid, para asistir a los funerales de otro dictador, Francisco Franco, en medio de las protestas de la clase política europea. Otros mandatarios europeos se negaron a asistir a las ceremonias oficiales de entronización del rey Juan Carlos, si para ello tenían que compartir con un tirano. Inmediatamente después del entierro de Franco, por encargo del futuro rey Juan Carlos, funcionarios del protocolo español le preguntaron directamente a Pinochet: “¿Cuándo se va Ud.?” No querían que, en la inauguración de lo que sería la transición a la democracia, hubiera nada que pudiera empañar esa ceremonia. ¡Sólo tres días después de su llegada, Pinochet debió abandonar Madrid, en medio del desprecio público! Cuando se quiere impulsar los valores de la democracia, sería hipócrita sentarse a la mesa con quien representa todo lo contrario, a menos que el propósito de esa reunión sea, precisamente, poner fin a la dictadura. Pero, en América (ese continente que va de Alaska a la Patagonia), parece que no lo acabamos de entender, o no lo tenemos suficientemente claro.