En los últimos días Guatemala ha sido víctima de la arbitrariedad de la madre naturaleza. Lamentablemente, en el país de la eterna primavera cualquier atisbo de lluvia es sinónimo de terror e incertidumbre. Sin embargo –como ya es costumbre– el instinto chapín nos hace preguntarnos: ¿A quién culpamos en esta ocasión? Si bien, puede argumentarse que las carencias a nivel de infraestructura son, ‘a priori’, culpa del aparato estatal, lo cierto es que tanto los mandatarios de turno como la ciudadanía guatemalteca comparten una porción de responsabilidad.
Es indispensable aclarar que los colapsos de las bases sobre las cuales nos desempeñamos, son –en primera instancia– víctimas del paso del tiempo. Durante la formación de la ciudad capital, existió una carencia de estudios geológicos que contribuyeran a identificar zonas vulnerables para la construcción. Sumado a ello, hay una falta de mantenimiento paulatino que prevea la creación de cavernas a medio camino. Si bien, los gobiernos de turno han maquillado rutas importantes a lo largo de unas décadas, esto no ha sido suficiente para contener a una población en constante crecimiento y con nuevas necesidades. Ahí se refleja el fallo estatal.
Robert Kaplan, en su obra, ‘La venganza de la geografía’ ilustra cómo en la región centroamericana la naturaleza montañosa que nos rodea representa una de las mayores amenazas y barreras; tanto ideológicas como físicas. En consecuencia, países como Guatemala experimenta disparidad con respecto a nociones como la responsabilidad ciudadana. Más allá de las innumerables menciones a la corrupción y la indiferencia institucional, incapaz de adaptarse a las necesidades actuales, es importante analizar el rol que juega la ciudadanía en la prevención del caos que estamos viviendo.
Puesto que vivimos en constante polarización a causa de barreras ideológicas y naturales, es fundamental aceptar y mencionar cómo el ciudadano promedio contribuye al detrimento de los bienes de uso público. Esto, se ilustra con las alcantarillas saturadas de basura y la falta de una cultura en pro de cuidar la infraestructura de la cual todos nos vemos beneficiados. Si bien, es fácil culpar a nuestros cuestionables mandatarios, la coyuntura que hoy nos atañe puede fungir como una oportunidad para hacer una reflexión fuera de la caja.
Sin lugar a dudas, Guatemala enfrenta tiempos difíciles, de los cuales puede y debe aprenderse mucho. Para prevenir estas vicisitudes a futuro, el país necesita mejoras en la infraestructura institucional, citadina y en la sociedad: nuestro capital humano.