Mucho del menaje de peltre utilizado con fines sanitarios y de salud que habían en mi casa provenían de la abuela María, quien montó en la suya un hospital, cuando el tío Salvador cayó en cama por causa de una mortal nefritis crónica. Fueron días fuertes en la casa del Callejón Normal porque el abuelo ordenó silencio absoluto para no molestar al enfermo, e inclusive, el tocador de la puerta se envolvió con una gruesa franela para que no molestaran los golpes del tocador.
De aquellos días de amoniaco y creolina, con que se lavaban y desinfectaban los patios y adminículos del enfermo, llegaron a mi casa los patos y los bacines de peltre blanco con orillita azul, y las palanganas y picheles, las que utilizaba Salvador para su aseo diario, cuando aún tenía aliento suficiente para incorporarse de su lecho y lavarse la cara con la ayuda de un espejito cuadrado de marco de madera y un jabón transparente de Pears.
Era lógico que se inventaran toda esta utilería para el cuidado del enfermo en el hogar, ya que la inmensa mayoría disponía de un solo cuarto de baño, y estaba muy retirado de las habitaciones. Era imposible que el enfermo de difteria, calenturas o paperas, por ejemplo, caminara enrollado en su poncho de Momostenango, hasta el cuarto de baño, por lo que si “Mahoma no va a la montaña, la montaña llegó a Mahoma…”
De los inventos más sorprendentes de la utilería sanitaria doméstica está el inodorito portátil de la Conchita, el cual iba y venía cuando alguno de la familia lo necesitaba. Consistía en una silla de caoba muy lustrosa y cómoda, con apoyabrazos, y con un agujero en medio del asiento en donde el enfermo se sentaba hacer sus necesidades fisiológicas, las que caían a una gran bacinica dispuesta en un cajón adosado al asiento. El enfermo podía atender los llamados de sus intestinos y vejiga a pocos pasos de su cama y con toda libertad y privacidad, pues terminado el asunto, tocaba la campanita para avisar que todo había concluido con normalidad.
La madre, acompañante, enfermero o sirviente que tenía como labor apoyar al enfermo en estos menesteres se iba convirtiendo en santo en el camino, cuando no existían los invasivos desechables y toda aquella batería de peltre debía ser manipulado sin la ayuda de insumos protectores, y Dios sabrá a dónde irían a parar los desechos humanos, las gasas, algodones e hisopos infectados del enfermo. Pero los peltres, seguramente se habrían lavado en la gran pila de la casa, la misma en donde se lavaban los platos y cacharos de comida y la ropa, ubicada en el tercer patio, cerca del “excusado”, los lazos de tender y el palo de guayaba y de aguacate.