Todo poeta debería tener cerca un maestro, un adivino, un mago, un ocultista, un hada madrina, un brujo. En fin, para lanzarse de lleno en lo hondo del alma es mejor ir acompañado por alguien que previamente haya estado al menos por las orillas de esa inmensidad donde moran las divinidades. Porque Dios, o Tríos, o Yahvé, o Adonai, o Alahah, o Viracocha, o Zeus, o el Gran Arquitecto del Universo no puede ser otra cosa que nosotros mismos vueltos luz y estrellas.