Con esta columna no hago parodia de la famosa novela de Milan Kundera. La ‘insoportable levedad del ser’ aborda cuestiones existenciales muy diferentes.
Aquí me refiero literalmente a nuestra corta existencia.
En una reciente reunión sobre temas organizacionales, el experto que condujo la actividad citó desde el inicio un libro dedicado a uno de nuestros recursos más valiosos, y muchas veces, menos valorado: el tiempo.
La obra se titula ‘Cuatro mil semanas (Gestión del tiempo para mortales)’, escrita por Oliver Burkeman.
Esas cuatro mil semanas es lo que, según el autor, vive normalmente una persona que logra llegar a sus ochenta. Es decir, hoy por hoy podría decirse que una persona que logra una expectativa de vida larga, contará, por ejemplo, con cuatro mil lunes en toda su vida.
Cito algunas ideas expresadas por el autor, que me parecen lapidarias y elocuentes a la vez.
Acá van y luego explicaré el porqué de esta columna:
“La esperanza media de vida del ser humano es absurda, terrorífica e insultantemente corta”.
“Es fácil entender por qué los filósofos, desde la antigua Grecia hasta hoy, han considerado que el de la brevedad de la vida es el problema que define la existencia humana: se nos ha concedido la capacidad mental de elaborar planes infinitamente ambiciosos, pero no el tiempo suficiente para ponerlos en práctica”.
“Ese tiempo concedido se nos pasa tan rápido y veloz que, exceptuando a muy pocos, al resto lo abandona la vida durante los propios preparativos de la vida” (citando a Séneca y su carta conocida con el título ‘Sobre la brevedad de la vida’).
“El desafío principal a la hora de gestionar nuestro limitado tiempo no consiste en averiguar cómo llegar a hacerlo todo —eso no va a ocurrir nunca— , sino en decidir, de la forma más sensata, qué no hacer, y cómo sentirse en paz con no hacerlo”.
Y así, en muchas de las páginas de esta obra, nos recuerda lo finitos que somos.
Pero, ¿y si llevamos estas mismas reflexiones al plano colectivo? ¿Es relevante pensar que nuestra sociedad también es finita?
Este tipo de preguntas son la razón de ser de esta columna.
¿Es válido preguntarse si una sociedad tiene el tiempo contado? ¿Una finita oportunidad para hacer lo correcto por un lado, y no hacer lo que la destruya, por el otro?
Quizás la respuesta sea negativa para muchos, si consideran que el colectivo es algo abstracto, o hasta “imaginario”. Y en todo caso, infinito.
Preguntas como estas, un tanto abstractas, para una sociedad guatemalteca hoy considerada un tanto “ajena” o despreocupada por los grandes flagelos que la azotan.
A mí me parece que en la administración de nuestro finito tiempo debemos dedicar alguno a atender nuestro entorno social. No hacerlo puede, tarde o temprano, incidir en todo lo demás.