Para algunos resulta sorpresivo que el burdo intento de imponer a Wálter Mazariegos como rector universitario se haya constituido en un auténtico fracaso para el Pacto de Corruptos, el cual se había acostumbrado a sumar “triunfos”. Sin embargo, la resistencia sancarlista es explicable a partir de la misma esencia de la universidad como institución. La Usac había entrado en un marcado declive que refleja esa crisis de degradación que ha cubierto a nuestra sociedad con una nube de desesperanza.
El rechazo sancarlista al fraude es profundo porque pretenden acabar con el sentido de la autonomía universitaria. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el pensador alemán Karl Jaspers —a quien el final de la guerra salvó de ser asesinado por el régimen nazi— afirmaba que el futuro de las universidades dependía de la renovación de su espíritu originario. El gran universitario había vivido la debacle moral de la universidad alemana durante el régimen nazi y sabía que “la ciencia posee sentido precisamente por pertenecer a una amplia vida espiritual”. La conclusión de Jaspers no podía ser más clara: “Esta vida espiritual es el verdadero movimiento en la universidad”.
Las ideas de Jaspers son relevantes para comprender la salida de la crisis sancarlista. Lo que le brinda a la universidad su razón de ser es precisamente su sentido de autonomía: sin esta no se puede dedicar a su búsqueda del saber y la reflexión. Crear y compartir conocimiento conlleva una sujeción al espíritu de la verdad y el bien, y las virtudes que estos implican son incompatibles con la abyección moral de las prácticas criminales que se han reproducido en nuestra institución. Por esto, tiene mucho sentido que, al ingreso del campus central de la Usac, se haya grabado la frase del rector Carlos Martínez Durán, el estudiante eterno: “No entres a esta ciudad del espíritu sin bien probado amor a la verdad y a la libertad”.
La Usac ha languidecido por muchos años, empantanada en la burocratización, el carrerismo y la mediocridad, consecuencia de la represión causada por sectores que siguen luchando contra el desarrollo del conocimiento —aunque sus sirvientes y esbirros terminaran tan mal como era de esperar—. Cada vez el aire universitario se volvía más irrespirable. De ahí que el pavoroso descaro de este fraude ha tocado ese centenario tronco espiritual del cual surge la rebeldía ante el ejercicio arbitrario del poder. No se puede convivir con este golpe sin aceptar un menoscabo directo de nuestra dignidad y racionalidad. Resulta imposible resistir tal fuetazo en pleno rostro, ya es demasiado.
El colmo de la ignominia es que los corruptos de siempre quieran ahora castigar la demanda de dignidad universitaria con medidas arbitrarias y violentas, especialmente contra los estudiantes. Aunque estas autoridades ilegítimas saben del miedo —al final, son cobardes— pagarán caro cualquier atrevimiento contra ellos u otros miembros de la comunidad sancarlista. Se aprende de la historia y no permitiremos que vuelvan a actuar con impunidad. Recuérdenlo bien, para que no estén lloriqueando cuando tengan que responder por sus acciones. La sociedad no les tiene miedo, sino desprecio. Ya no soportamos verlos en la Usac.
El sentir social es peligroso cuando pasa de la desesperación al enojo. Muchos cambios sociales significativos han sido precedidos por la rebeldía universitaria. Es muy difícil que se puedan cumplir los fines propios del conocimiento en una institución afectada por tal grado de irracionalidad.
Los corruptos deben recordar que el descontento del mundo va en aumento y fenómenos como la próxima hambruna harán más difícil el estado de indiferencia y confusión social que hasta ahora les ha favorecido. Las pesadillas no son eternas y, a veces, por cerrada que sea la noche, viene un bello amanecer.