La solidaridad universitaria hará que el fraude se caiga

Lo único para lo que ha servido el burdo fraude en la Usac no es, como podrían pensarlo sus atolondrados promotores, la imposición de Wálter Mazariegos como rector, sino para despertar un definitivo ‘¡Hasta aquí!’ al envalentonamiento del pacto de corruptos. Desde hace tiempo, la corrupción dificultaba la respiración dentro de la Usac, pero siempre había existido la convicción de que era obligatorio recuperar una institución crítica que ha sellado con la sangre de sus mártires el compromiso con el pueblo de Guatemala. La reflexión es emancipadora y circula por los corredores de la Usac: los corruptos no lo saben porque no valoran el conocimiento.

La cúpula de la desvergüenza ha sido encabezada por Wálter Mazariegos, el rector en funciones Pablo Oliva y el secretario de la Usac, Gustavo Taracena. El cinismo del oscuro Pablo Oliva es evidente al también querer ocultar el tamaño del descontento universitario. Detrás de ellos hay un séquito de serviles, de incondicionales, ansiosos por devorar las migajas del poder.

Responsabilizar a los estudiantes por la propuesta ha sido la última estrategia de estos impresentables. Por su mediocridad, destaca el comunicado de la Dirección General de Docencia —bajo la dirección de Alice Burgos, funcionaria incondicional de Mazariegos—, que acusa a “supuestos estudiantes” de violar los derechos de la comunidad sancarlista al tomar las instalaciones universitarias. Estos esfuerzos de manipulación solo destacan por su cinismo.

El descontento en la Usac no ha amainado y este fenómeno significa algo que los corruptos no han sido capaces de admitir. Se ha tocado el piso firme de la indignación, ese nivel básico de solidaridad que hermana a los que se entusiasman ante el mismo sentido de la universidad. Por su naturaleza, el conocimiento es liberador y cuando nos compenetramos de ese sentido volvemos por los fueros universitarios. Muchos miembros de la comunidad universitaria influyen con su bienhechora labor en la vida de la Usac.

En consecuencia, jamás nos sentiremos cómodos en el traje de comparsas de un fraude tan ridículo. La admiración y reverencia ante los mártires evoca la envergadura de nuestro compromiso. Estamos dispuestos a hacer que el fraude caiga y no aceptaremos ningún plazo ni amenaza —incluidos los legalismos manipuladores—. 

Por esta razón, los profesionales debemos apoyar a los estudiantes, quienes llevan el liderazgo histórico. Ellos están conscientes de que luchan por su futuro y el de sus hijos. Es una generación que, recordando a Ortega y Gasset, trata de situarse a la altura de los tiempos. Los estudiantes rebeldes siempre han sido los heraldos de nuevos tiempos. Esta lección resuena en la historia de las universidades.

No puede ignorarse, además, la indignación ciudadana en la que se encuadra la actual gesta universitaria. Cada desastre y tragedia que nos afecta tiene en su base la frustración de las expectativas ciudadanas. No sabemos si el suelo debajo nuestro cederá ante la irresponsabilidad de funcionarios que solo sirven para robar —como lo demuestra el desastre de Villa Nueva—. La recuperación de la Usac podría cambiar esta historia.

Sabemos que vivir bajo un Estado fallido, no nos hace una sociedad fallida; no hemos perdido las fuerzas para replantear la búsqueda del bien común. En última instancia, se necesita rearticular el Estado y sus potencialidades: el futuro florecerá en la medida en que fomentemos el bien colectivo. 

Es este el sentido de la actual gesta universitaria. La lucha es correcta y el fraude se caerá por su propia ignominia; por esta razón, los gestores del golpe se esconden como los delincuentes. En momentos como este hay que tomar medidas que despojen de sus puestos a los que han traicionado la dignidad universitaria. La trampa de la corrupción debe derrumbarse ante el peso de la justicia.

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Author: Maria Suarez