Los puristas del lenguaje afirman que el género es un accidente gramatical de las palabras y no una característica de las personas como entidades biológicas. Así, el género lingüístico es masculino, femenino y neutro. Sin embargo, cada día es mas frecuente escuchar el término género referido a “los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico” nos dice el diccionario de la RAE y así se habla de personas transgénero, es decir individuos que pertenecen subjetivamente al género opuesto al que según su sexo biológico les corresponde.
En todas las sociedades y comunidades han existido personas que hoy clasificaríamos como individuos transgénero y en muchas de ellas tales personas han tenido un reconocimiento social con determinadas funciones asignadas. Por ejemplo, entre los indígenas norteamericanos ha existido una categoría social, los llamados “berdaches”, término que ha utilizado la antropología y otras disciplinas para definir tanto la homosexualidad, el transgenerismo y la intersexualidad de los indios americanos. La palabra “berdache” de origen árabe (esclavo o efebo) fue utilizada en el siglo XVII en documentos de los misioneros jesuitas en lo que hoy es Canadá y los Estados Unidos para referirse a hombres vestidos de mujer con funciones femeninas, tanto domésticas como sexuales.
En México, en Juchitán Oaxaca, en el istmo de Tehuantepec, aún existen los “muxes”, personas del sexo masculino que se identifican con aspectos y roles del género femenino. Desde la época precolombina, los indígenas zapotecas consideraban a los muxes parte de un tercer género, no mejor ni peor que los hombres y mujeres, simplemente diferentes. Algunos muxes formaban parejas monógamas con hombres y se casaban, otros vivían en grupos y otros se casaban con mujeres y tenían hijos.
En la India y Bangladesh hoy existen los “hijras” en un número de al menos un millón de personas reconocidos legalmente como un tercer género. Varios millones más viven hoy en día en Indonesia. Se puede afirmar que los individuos transgénero no son novedad en el mundo. Entre los sumerios y acadios hace unos cuatro mil años existían sacerdotes transgénero y algo semejante sucedía entre los griegos, frigios y romanos hace unos dos mil quinientos años. El transgenerismo parecía ser un carisma especial otorgado por los dioses o bien podía responder a una decisión consciente como la del emperador romano Elogábalo en el siglo III.
Sin embargo, hoy los impresionantes avances científicos y tecnológicos enfrentan a nuestras sociedades con la muy difícil decisión de cómo tratar a los menores que sufren de la “disforia” de género, una condición emocional que se presenta en niños de pocos años, antes de alcanzar la pubertad. En los Estados Unidos se sabe que hay alrededor de unos trescientos treinta mil menores en esa condición, niños que creen no ser del género que corresponde a su sexo biológico. ¿Habremos de tomar en serio su condición y aceptar que su sexo y género asignado no se corresponden y en consecuencia iniciar los tratamientos médicos, psicológicos y la intervención social necesarios para corregir esa situación? O bien ¿negar su condición emocional subjetiva y esperar que lleguen personalmente a aceptar con el tiempo la correspondencia de su sexo y género? De seguro en este tema no hay ninguna solución fácil.