Las efemérides y las celebraciones diarias me persiguen desde hace un buen rato. Yo que siempre he olvidado cumpleaños y fechas significativas, y a veces me he metido en serios problemas por ello, ahora cuando consulto mi tapial de Facebook, lo encuentro inundado de festividades por esto o por lo otro. Y entonces me entero, no sin cierta sorpresa, de que hay Día del Aire, del Agua, del Fuego y de la Tierra, así como de la Música, del Tambor y las Maracas. Algunos, por extravagantes que parezcan, los proclama la UNESCO, otros supongo que son invención colectiva o algo por el estilo. A sitios como Instagram les encantan las fiestas, así que siempre nos encontraremos dos o tres pasteles cuando vagamos por ahí.
Ayer se celebró el Día del Escritor, no sé si solo en las redes o también en la realidad real, es decir, en los entornos poco festivos en los que nos movemos a diario, cuando nos desenganchamos de las pantallas y el internet. No es tan popular y divulgado como el del Libro y el de la Poesía, pero mal que bien aparecieron en mi muro algunos mensajes alusivos, ilustrados con imágenes de lápices, plumas fuentes, máquinas de escribir, copas de vino, tazas de café…
Yo personalmente me puse a leer una vieja entrevista hecha a García Márquez sobre el oficio de escribir, que alguien posteó por ahí. Me pareció tan lejana, tan de otra vida, tan de otro mundo… de los tiempos aquellos en que aún creíamos que los escritores tenían la misión casi divina de salvar a la humanidad de la estulticia y la barbarie. Éramos jóvenes, Márquez acababa de ganar el Nobel y la literatura latinoamericana, la nuestra, estaba destinada a permanecer por los siglos de los siglos, amén, como los clásicos griegos ¿Qué pasó mientras tanto?, me pregunto.
Consulto diccionarios y me doy cuenta, a mi pesar, que la definición de escritor ha perdido cierto lustre, cierta nobleza, en nuestra lengua. De “Persona que se dedica a escribir obras literarias” ha pasado en la actualidad, según el DRAE, a “Persona que escribe// Autor de obras escritas o impresas// Persona que escribe al dictado// Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien”, esta última acepción ya en desuso, nos indican. Aquella diferencia que hacía Vargas Llosa o Manuel José Arce entre escritor y escribiente, o ha desaparecido o se ha hecho mucho más ambigua.
¿Es lo mismo Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti que ese alguien que escribe compulsivamente en redes sociales?, me pregunto, por preguntarme algo, y por primera vez no me siento en capacidad de responder sobre el asunto. O quizá la pregunta sería: ¿Pueden surgir escritores a la altura de Onetti o de Borges de plataformas como Twitter o Facebook? ¿El medio es o no el mensaje? Jeffrey H. Archer, millonario autor de ‘best-sellers’, decía que libros como ‘Guerra y Paz’ de Tolstoi lo ponían enfermo, porque no los había escrito él, y peor todavía, porque no sería capaz de escribirlos. Pero el verdadero dilema lo plantea el crítico español Ignacio Echeverría en una reciente columna: Por primera vez en la historia de la humanidad, dice, el número de escritores es superior al de los lectores. Partiendo de esta observación, digamos que, a pesar de los malos augurios, es justo y necesario entonces que el escritor, escribiente o simple redactor tenga su Día, así con mayúscula.