Desde su independencia de España, Guatemala se sumió en severas disputas entre liberales y conservadores que provocaron la desintegración de las Provincias Unidas de Centroamérica y el surgimiento de las cinco repúblicas independientes, no obstante los denodados esfuerzos de los movimientos unionistas por restaurar la unidad perdida.
En 1823, el presidente James Monroe, de los Estados Unidos de América, propuso la doctrina elaborada por John Adams, que establecía que cualquier intervención de los europeos en América sería vista como un acto de agresión colonialista e implicaría la respuesta de los norteamericanos para expulsarlos del hemisferio occidental. Consecuente con la política aislacionista de George Washington y de Thomas Jefferson, según la cual “América tiene un hemisferio para sí misma”, que también podría significar tratar al continente americano como su propio país.
En ese contexto, el filibustero estadounidense William Walker, quien había fracasado en fundar la República de Sonora con los territorios de Baja California y Sonora, con el apoyo militar de mercenarios norteamericanos y aprovechando la polarización interna provocada por la guerra civil local entre “democráticos” y “legitimistas”, se instaló en Nicaragua lográndose proclamar presidente de Nicaragua en 1856. Como sabemos, esta intromisión provocó que Costa Rica le declarara la guerra y los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador se unieran en el ejército aliado centroamericano, que le infligió varias derrotas a los filibusteros, quienes emprendieron cuatro expediciones para apoderarse de la región, sin lograrlo, hasta que finalmente Walker se rindiera ante un barco británico, que lo entregó a Honduras, en donde fue fusilado en 1860.
Durante el siglo pasado, en plena guerra fría, Cuba permitió que la Unión Soviética instalara misiles nucleares dirigidos a los Estados Unidos, lo que ocasionó la crisis de octubre de 1962, que se subsanó pacíficamente, según se supo después, de mutuo acuerdo, con el desmantelamiento de los cohetes rusos en Cuba y de los cohetes norteamericanos instalados en Turquía, además del sobreentendido pacto de tolerancia del régimen prosoviético castrista en la isla. Lamentablemente el conflicto ruso-ucraniano, parecido al cubano, terminó con la invasión rusa, que ahora provoca una nueva fuente de tensión pero en territorio centroamericano.
Ante el reciente anuncio de Daniel Ortega de permitir fuerzas militares rusas en Nicaragua, no vemos una reacción contundente de los Estados Unidos al mejor estilo del presidente Kennedy en 1962. Y después que Guatemala respaldara a Ucrania en su guerra con Rusia, tampoco está clara la posición de nuestro país ante las fuerzas militares rusas de Putin, apostadas en el vecindario, en la hermana república de Nicaragua. Lo consecuente sería un rechazo a esta intromisión militar extracontinental, como ya lo ha hecho Costa Rica.