No lo vemos

Efectivamente podría llamarme “prosperista” sin ningún problema. Simplemente porque creo en el progreso incluyente de mi país, sumando una nueva y arrasadora utopía, “donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir; donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad; y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra…” (Gabriel García Márquez).

Y ciertamente todo implica educación, como afirma Freire, donde “ahora la pelea por la escuela pública buena, la pelea por una escuela pública recuperada, por una escuela pública en cantidad y calidad, es una pelea democrática”.

Antonio Machado dijo que educar “es enseñar a repensar el pensamiento y des-saber lo sabido”. O sea que aquel presente concepto anquilosado y colonialista debe desdibujarse de todo proceso educativo y desaparecer de cada caminante. 

Y para insistir, como lo sugirió Francisco Gutiérrez: ¿No será este el momento oportuno para pasar de una concepción antropocentrista a una “ecocentrista”, de una concepción monocultural a una intercultural, de una mercantilista a una humanista? Ciertamente aquí “desbordan los estrechos límites de la educación que tenemos, centrada en la mayoría de los casos, en la reproducción de un sistema social, político y económico que fomenta la lógica de la competencia y no la de la solidaridad; la acumulación y la producción ilimitada de riqueza, sin consideraciones a los límites de la naturaleza y a las verdaderas necesidades de los seres humanos. Esto implica la necesidad de transformar el proceso educativo en la búsqueda de una educación de calidad, en términos de pertinencia con los valores esenciales de la naturaleza humana, la identidad terrenal, la comprensión y el sentido de la vida en todas sus formas”.

Pues la educación está para salir de lo equivocadamente aprendido: la corrupción, la inequidad, la pobreza, el racismo.

Aun así, el estancamiento sistemático que padece nuestro sistema educativo es tan evidente y lacerante que seguir disfrazándolo es ridículo. Y no hablo únicamente por la catastrófica situación de infraestructura, o por el COVID, al que se le ha culpado de la debacle educativa. Es que no vemos orientación política hacia una formación de ciudadanía crítica, en concordancia con los tiempos, capaz de permitir que toda la juventud goce de oportunidades de trabajo y desarrollo en condiciones dignas. Sin imposiciones ni improvisaciones, no vemos promover una agenda integral, articulada, capaz de responder a las aspiraciones de desarrollo social propio. 

No vemos retomar la gratuidad y programas que garanticen equidad y oportunidades. Replantear una educación intercultural bilingüe, derechos humanos, calidad con énfasis en lectoescritura, pensamiento lógico matemático y la historia del país… Mejorar las condiciones materiales para el aprendizaje a distancia. Garantizar continuidad…, es que no lo vemos… (Nada.)

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Author: Maria Suarez