Decidí quedarme a vivir en la Venezuela hambreada por muchas razones. En primer lugar, para que nadie me cuente cómo es vivir en comunismo; aunque haya muchos intelectuales de cafetín que insistan en que esto no es comunismo, sí lo es y así nos tocó vivirlo: se eliminó al Estado y, en su lugar, se implementó –y sufrimos- un complejísimo conglomerado de naturaleza y sentido criminales. En segundo lugar, porque amo los caminos difíciles y demostrarles a los pesimistas que lo que les parece imposible o poco importante, es perfectamente posible y trascendente. Además, decidí quedarme a vivir esto porque mi vocación es la del servicio público y en un país con crisis humanitaria compleja esto es más necesario que en cualquier otro; qué mejor que servir en mi país, a mis paisanos. Y eso me lleva a una cuarta razón, tan personalísima como las anteriores: porque este entorno infernal permite hacer más notorios lo que quiero y las cosas en las que creo, cuestiones que se ven reflejadas en lo que hago.