Perversiones de la corrección política

Ya he comentado en el pasado sobre los peligros de confundir los fines de las metas que nos proponemos con los medios implementados para alcanzarlas, o sea, cuando el remedio resulta peor que la enfermedad. O bien, en un plano más filosófico, cuando la parte nos impide ver el todo, o en la esfera de la eficacia pragmática, cuando confundimos el orden de las prioridades, como en el caso en que, por querer ir más rápido, terminamos colocando la carreta delante de los bueyes, como suele decirse. 

Digo esto, porque el posmodernismo, con sus derivas cognitivas a menudo estrafalarias, ha llegado a pervertir ciertas áreas del conocimiento al grado de que ha absolutizado a veces lo relativo y ha minimizando lo que a todas luces era verdad aplastante. Por ejemplo, el fenómeno de la llamada “corrección política” con su pestilencia de pudibundez y de hipocresía, ha invadido casi todos los terrenos de la práctica social y hoy no hay prácticamente ningún área en la que no se manifieste con su tufo inquisitorial.

Pienso específicamente en ciertos feminismos que rozan la irracionalidad pura al reivindicar una especie de esencialismo misógino y victimizante generalizado contra los hombres, acusándolos de machos pervertidos y potencialmente violadores. Es así como en la práctica psicoterapéutica me he topado con algunas mujeres que cultivaban en público una imagen de indefensión y de fragilidad, pero que, en el ámbito de las relaciones domésticas, sobre todo frente el marido, eran de una agresividad y de un arte manipulatorio escalofriantes.

Supe también de acusaciones muy serias ante el Ministerio Público hechas por mujeres contra sus maridos o convivientes denunciándolos por acoso y violencias físicas y psicológicas, que luego resultaron ser falsas o tan solo parcialmente verdaderas. Conozco mujeres que se golpearon e hirieron a sí mismas para denunciar a su pareja y sacar alguna ventaja material o psicológica de todo ello, y conozco a los abogados que tuvieron a bien defender a las víctimas de dichas acusaciones. Por supuesto que este tipo de casos han sido excepcionales, ya que la regla es que sean ellas las víctimas, pero lo cierto es que, contrariamente a lo que piensan algunas feministas extremas, no se puede tomar por verdadera cualquier acusación simplemente porque la haya hecho una mujer.

Viene esto a propósito del mediático caso que se resolvió esta semana en Estados Unidos entre el actor Johnny Depp y Amber Heard, tras las graves acusaciones que ella hizo contra su expareja y que un jurado calificó de falsas. Pero quien resultó efectivamente convertida en heroína fue Camille Vásquez, la abogada defensora de Johnny Depp, que no cayó en la trampa de la corrección política e hizo prevalecer la verdad y la justicia.  

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Author: Maria Suarez