Parece que el movimiento pendular de la historia ha favorecido esta vez en Colombia, por fin, a las fuerzas del progreso social en detrimento de los sectores más conservadores y reaccionarios. Por primera vez en la historia de ese país, una coalición de partidos con sensibilidad social y un programa común de medidas ampliamente calculadas y consensuadas, llega el poder del Ejecutivo en la persona de Petro y de Francia para propiciar los cambios que permitan que aquellos derechos inscritos en la Constitución de la República que nunca habían sido implementados para la mayoría de la población, o lo habían sido muy parcialmente, no continúen siendo letra muerta.
Ha sido un proceso largo y nada fácil en un país convulsionado por la violencia y las crisis sociales, maniatado por oligarquías inamovibles e intercambiables desde la independencia de España, como ha sucedido en todos los países de Latinoamérica, sometidos, además, a los designios de Washington. Digamos que, con el triunfo en estas elecciones, ha concluido una primera etapa muy difícil para dar pie a otra etapa aún mucho más difícil, porque habrá que darle forma a todo aquello que palpita en los proyectos, en las promesas y en los anhelos que movilizaron a 11 millones de personas para apoyar un cambio real de política, y habrá que vencer todas las inercias históricas, las estructuras y las prácticas y estilos de gobernar que jamás sirvieron a los intereses de las grandes mayorías.
De forma parecida, cuando escucho el nombre de Francia, que es el nombre de la compañera de fórmula de Petro, pienso invariablemente en el país europeo cuyo nombre ha sido una antorcha inspiradora de los grandes valores propugnados por la revolución de 1789 (libertad, igualdad y fraternidad), y que acaba igualmente de celebrar elecciones presidenciales y legislativas recientemente. Lo interesante de dichas elecciones es que, a pesar de la deriva nacionalista, conservadora y xenófoba que está empujando a buena parte de gobiernos europeos hacia posiciones cada vez más fascistoides, el hecho significativo es que la izquierda francesa, aglutinada bajo la dirección del Sr. Melanchon, se ha constituido prácticamente en la segunda fuerza política más importante de Francia, superando incluso a la extrema derecha representada por Marine Le Pen, lo que permite pensar que si esta tendencia sigue creciendo, veremos probablemente en el futuro abrirse, también en Europa, la posibilidad ideal de una ruptura con respecto al patrón (en todos los sentidos de la palabra) que, todavía hoy, sigue dominando el mundo.