Mi madre es de la opinión de que cada puente que se cae o cada hoyo que se abre en una carretera es una señal de que el mundo está por colapsar. Este razonamiento no es el resultado de alguna creencia religiosa, que por supuesto la tiene, sino de mantenerse escuchando noticias por la radio desde las cuatro de la mañana, que es la hora en que se despierta. Se acostumbró a las madrugadas desde niña y levantarse con el alba es un hábito que ha guardado durante toda su vida. En toda circunstancia. Afortunadamente no es algo que me haya heredado o impuesto. Noctámbulo por naturaleza, no creo que hubiera aguantado mucho rato. Lo de las noticias sí, a su manera. Los radioperiódicos fueron la banda sonora, desde que me acuerdo, de desayunos, almuerzos, cenas… Y ahí me fui enterando más o menos del país en el que vivía y, además, sintiendo cierta fascinación por ese oficio que consistía en andar metido en el medio de la realidad para después reportar los hechos. Terminé de periodista, como es por todos ustedes conocido.
Dado los últimos acontecimientos, mi mamá piensa que este país ya no da para mucho. Es más, le parece curioso que se mantenga en pie. En tantos años de dedicarse a escuchar o a leer noticias y en tantos años, tantísimos, de andar viviendo por estos lares, ella pensaba que ya lo había visto todo, pero la realidad continúa sorprendiéndola, aterrándola y, a ratos, divirtiéndola. Cada noche me cuenta al teléfono las interioridades de la política nacional como si de una telenovela se tratara. Casi siempre tiene mayor información que yo y un mejor estilo para transmitirla. Hay veces que se le cruzan personajes y sucesos, y lo que pasó aquí lo sitúa allá y lo que hizo este se lo adjudica al otro, pero por lo general sus informes son fidedignos.
“Andan diciendo que el puente Los Esclavos no se cae porque lo construyó el diablo”, espeta. “Puras estupideces, lo que pasa es que antes sabían lo que estaban haciendo y no se robaban el pisto, no como estos hijos…”, agrega. Mi madre ha vivido casi en carne propia guerras, revoluciones, hambrunas, terremotos, inundaciones, tormentas (demasiadas), y “hasta tifones” dice orgullosa. Por “la gracia de Dios, del Señor de San Felipe y de la Virgen de la Escuela de Cristo”, piensa, siempre salió ilesa, hasta el día en que se cayó en la cocina, se fracturó la cadera y se le revolvió la existencia. A uno de sus abuelos lo fusiló Estrada Cabrera. El otro era un general legendario por su sentido del humor, que murió pobre, enfermo y alcoholizado, después de haberle rendido altos servicios a la Patria. Pero, lo que en verdad lamenta es que se haya acabado “la gente decente”. Aquellos que no se robaban nada y construían puentes y caminos que servían para algo. Eran pocos, de acuerdo, pero según ella “daba gusto verlos”. “Este país ya se hundió”, reflexiona con un dejo de tristeza, solo hay que verle la cara a no sé quién. “Puros bandidos de película de Jorge Negrete… solo que endomingados” ¿Quién le devolverá aquel país que quiso tanto? ¿Quién evitará que desaparezcamos? ¿Quién impedirá que se caigan los puentes?