Si algo ha quedado claro en los últimos días es la falta de resiliencia de Guatemala. El agujero en la carretera al Pacífico, la destrucción de puentes en Jutiapa (El Tular), El Progreso (El Tambor) y Zacapa (Petapilla) y múltiples derrumbes lo ejemplifican con brutal claridad. La vulnerabilidad de Guatemala frente a las lluvias es manifiesta. Su Estado encadenado ha sido incapaz de realizar las inversiones públicas adecuadas para defender a la población de inundaciones e impedir horas interminables en colas y la ralentización del comercio y del transporte. El deterioro que enfrentamos es un espejo del Estado que tenemos.
El Fondo Monetario Internacional podrá decir que la economía guatemalteca es resiliente, pero es mentira. Las remesas estabilizan la economía pero son un espejismo que encubre el fracaso de una estrategia económica que no genera inversión ni empleo, con un Estado absolutamente incapaz de proteger a Guatemala ante los excesos de la Naturaleza.
Esa estrategia económica consistió en reducir al Estado a su mínima expresión. Encadenaron al Estado con una política fiscal restringida por candados constitucionales, prohibieron que el gobierno central pudiera acudir a su banco central para obtener crédito interno y concentraron la política económica en detener la inflación sin que le importara el empleo. Ahora quieren ponerle un candado adicional fijándole un techo al déficit fiscal, a pesar de un gasto público limitado que ha significado ser clasificados como el país menos educado y más enfermo del continente. Desmantelaron al sector público agrícola, impidieron que se implementara una ley de competencia y dejaron que las ganancias privadas fueran la única guía para orientar las privatizaciones. Luego lamentaron los conflictos sociales y los desastres ambientales.
¿Y qué pasó con el Estado? No surgió un Estado pequeño, eficiente y republicano, como anunciaban los impulsores de la estrategia fracasada. Se transformó en un Estado más débil, cooptado por el clientelismo, carcomido por la corrupción, inoperante en el ámbito económico y con pretensiones despóticas. Al convertirse en rehén de grandes intereses de todo tipo también asumió la responsabilidad de abrirles espacios para negocios lícitos o ilícitos, ya sea mediante una infraestructura privatizada, por la vía de contratos públicos que favorecen a aquellos con más contactos políticos, o de mil maneras más. Ahora pretenden impulsar la aprobación de una ley general de infraestructura que garantiza la captura de las obras de infraestructura por parte de grandes consorcios familiares. Agreguémosle a eso los nubarrones que anuncian nuestra convergencia con los regímenes despóticos de algunos países del vecindario centroamericano y caribeño.
En el libro ‘La economía atrapada. Gestores de poder y Estado encadenado’ trato algunos de estos temas. Lo presentaré mañana jueves en Sophos a las 7:00 p. m. Están invitados.