Contrario a lo que se aprecia en la mayoría de las fotos de Miguel Ángel Asturias, en las que generalmente aparece con un rostro serio, hierático, él fue una persona sonriente, simpática, conversadora. Mi mamá, que fue su cuñada, decía que Miguel Ángel fue un «feo simpático». Desde joven, en la reunión con los amigos sobresalía en la conversación, con historias y puntadas de humor. Mi madre me decía que mi tío Miguel Ángel tenía «piedra imán para con las mujeres.» Con su plática amena, las hechizaba fácilmente.
Mi mamá (María Teresa Montenegro de Asturias) fue una mujer arrecha, que hizo del suyo un hogar abierto a parientes y amigos. Fue simpática, gran conversadora, alegre, con mucho sentido del humor. Conociendo que a mi tío Miguel Ángel no le molestarían, mi mamá le hizo varias bromas. Estas son las que más se recuerdan en la familia.
Cuando tío Lanco (así le decíamos los sobrinos) venía a Guatemala, se alojaba en la casa de su querido hermano Marco Antonio, en el barrio de La Candelaria.
El presidente Jacobo Árbenz Guzmán (1951-54) nombró a tío Lanco embajador en El Salvador. Él le pidió a mi papá que le buscara un piloto «de confianza» para que le condujera el auto diplomático, el cual, por cierto, fue un gran Cadillac en el que cabíamos toda la patojada. Sabedora de la petición de un piloto, mi mamá, se disfrazó con el traje de gala de un músico de la sinfónica, que le prestaba un amigo de la familia. Como mi mamá era baja de estatura se puso tacones y encima zapatos de mi papá. Con el llamado pelo de elote se agrandó las cejas, se puso bigote y patillas. Así ella se presentó a la casa pidiendo trabajo. En la sala, hablando como español, el fingido piloto le dijo a tío Lanco que era exiliado que había peleado contra Franco. También le dijo a mi tío que conocía y admiraba su obra literaria. Tío Lanco, que sospechaba que algo no iba bien, le dijo a quien buscaba la plaza de piloto que ese era un asunto que atendería su esposa Blanca. Ella era una argentina sin ningún sentido del humor, seria, empurrada. Blanca conversó un buen rato con el aspirante a piloto del embajador. Tomó los datos del caso y despidió al visitante. Al salir, en el corredor, uno de los patojos que conocían el disfraz de mi mamá, reveló que se trataba de ella. Blanca le dijo a mi mamá: “Che, esas bromas no se hacen, son muy feas”. Ya en el comedor, Tío Lanco y todos se reían de la tomadura de pelo. A mi tío no le molestó para nada, sino que la celebró. Tenía muy buen humor.
La última vez que mi tío vino a Guatemala (1966) fue objeto de múltiples homenajes. En alguna ocasión, a la hora del almuerzo dijo que, como le quedaba ya poco tiempo en Guatemala, no aceptaría ningún nuevo homenaje, porque quería estar más con la familia. Mi mamá pasó a la casa de mi tía abuela Margarita, que por una puerta interna se comunicaba con la de nosotros, e hizo una llamada telefónica pidiendo que tío Lanco fuera al colegio de Jesús de Candelaria a un homenaje que le rendirían los niños del plantel. Mi tío dijo que no. Que ya había dicho que no atendería ninguna nueva solicitud. La esposa Blanca le dijo: “Miguel Ángel, son niños pobres de la escuela parroquial de tu barrio; no deberías desairarlos”. Mi mamá, que ya había llegado al comedor donde tenía lugar la conversación, dijo: “Miguel Ángel, la llamada la hice yo”. Él se rio. Todos se rieron. Días después, cuando mi mamá se encontraba en la cocina preparando café, hubo una llamada de un cuerpo de bomberos que pretendía hacerle un homenaje a mi tío, quien con energía respondió: “No, esa es otra broma de la Teco (mi mamá), ya no más nuevos homenajes”. Cuando mi mamá sirvió el café, aclaró que esta vez ella no había llamado. Mi tío no se quedó del todo convencido.
En la casa, tío Lanco y, sobre todo, los mayores hacían largas sobremesas que, en algunas ocasiones, llegaban hasta la hora de la refacción. Se conversaba de todo. Por haber niños y jóvenes, los chistes e historias que se contaban eran solo los de salón. Recuerdo muy bien a mi tío contar esta historia. En un pueblo había un joven que se llamaba Pedro. Cuando por la noche pasaba por una calle oscura, cercana a la iglesia, oía una voz que le gritaba: “Pedro, ¿querés ser rico?”. Confundido, Pedro fue con el párroco, quien le aconsejó decir que sí. A la noche siguiente, al pasar por el lugar, oyó la voz que de nuevo le gritó: “Pedro, ¿querés ser rico?”. Con voz fuerte, Pedro contestó: “Sí, señor”. Y la respuesta fue: “Pues trabajá, desgraciado”. En el comedor todos nos reímos de la historia que tío Lanco contó. Ahora, yo ya no le encuentro mucha gracia. Pero sí recuerdo cómo todos le festejamos el cuento a mi tío.
Como mi hermano menor se llama Pedro José, pero todos lo llamamos Pedro, cuando mi tío pasaba frente al cuarto de mi hermano y veía que estaba allí, en voz alta decía: “Pedro, ¿querés ser rico?”. Los que a lo lejos lo escuchábamos, internamente solo nos sonreíamos.
Pocos años antes de su muerte, Miguel Ángel fue invitado por el Presidente de México a visitar ese país. Tío Lanco le pidió a mis papás que fueran a estar con él. Después de pasar unos días en la capital mexicana, volaron a Yucatán para conocer allí vestigios mayas; luego se fueron a Isla de Mujeres. Mi hermana menor también los acompañó. Estando en una ruina maya en Mérida, y en medio de un calor sofocante, mi mamá le compró a un vendedor ambulante unas naranjas cortadas, a las que encima les había puesto chile. Blanca, la esposa de mi tío, le dijo a mi mamá que el chile era muy malo para la salud, que no lo debía comer. Mi tío, que en las ruinas se escondió de Blanca, con la mano llamó a mi mamá, a quien le dijo: “Teco, comprame una de esas naranjas, y calladita la boca me la traés aquí”. Mi mamá fue a comprar otra naranja con chile, en medio de las advertencias de Blanca de que el chile era malo para la salud. Sin que lo advirtiera Blanca, mi mamá le llevó la naranja a mi tío. Como el chile mexicano es muy fuerte, poco después de haberlas comido, tanto mi tío como mi mamá tenían el labio inferior irritado. Blanca montó en cólera porque tío Lanco hubiera comido la naranja con chile. Pero mi tío le pidió a su esposa que lo dejara en paz.
En todas sus cartas, a la casa de mis papás (y de nosotros sus hijos), mi tío Miguel Ángel siempre la llamó su casa. Su casa en la Guatemala que tanto amaba. Fue la sustitución y extensión de la casa de sus padres, en la que vivieron los dos únicos hermanos del matrimonio.
Todas estas historias, de las muchas que viví y recuerdo, hoy las escribo para que no queden en el olvido. Espero que sirvan para mostrar a Miguel Ángel, no como una persona seria, sino jovial, alegre, simpática y bonachona. Si Dios me da vida, algún día escribiré todos los muchos recuerdos que tengo de mi tío, para salvarlos para la historia. Sirvan estas líneas para recordar al Gran Moyas, quien murió en Madrid el 9 de junio de 1974. Ayer tuvo lugar este aniversario luctuoso.