Como mencioné en la columna anterior, hoy los programas de ayuda exterior estadounidense para “frenar la migración” y “promover desarrollo” están atados a programas de inversión privada que incluye a conglomerados extranjeros y nacionales, que muchas veces no proveen las condiciones básicas y menos oportunidades dignas de trabajo para los empleados y regiones donde se establecen.
Por eso, explicaba Carlos Fuentes en su misiva de 1962, al observar lo propuesto en el programa de ayuda estadounidense, que los cambios en la región solo se lograrían a través de revoluciones porque “ni las aspirinas ni los buenos deseos pueden destruir el feudalismo.” Fuentes argumentaban que los latinoamericanos tenían claro que la posibilidad de destruir las estructuras feudales solo podría venir de ellas y ellos mismos, jamás la posibilidad de cambio vendría de Estado Unidos ni de la Organización de Estados Americanos, OEA, porque “Mickey Mouse no hace revoluciones. Las revoluciones son hechas por (mujeres y) hombres hambrientos, valientes y desesperados”.
Ante la crítica anticipada de una audiencia estadounidense sobre preocupaciones hipócritas respecto a la “democracia y la libertad” y como estas se mantienen dentro de un proceso revolucionario, Fuentes recordó que Estados Unidos tiende a tener mala memoria. Solo hacía falta que recordaran su propio proceso revolucionario en el siglo XVIII y lo que pasó con los traidores, los desertores de entonces. Por lo tanto, les escribió que “las democracias no son sacrificadas por las revoluciones, porque una democracia no existe donde hay estómagos vacíos. Y en América Latina no se puede hablar de sacrificar democracias porque nunca se han tenido, todas han sido en papel y de retórica”.
¿Qué derechos humanos se van a sacrificar con cambios y revoluciones? Es una pregunta que Fuentes hace, para agregar después la segunda interrogante “¿Cuáles (derechos se van a sacrificar), los derechos de los hombres que no comen, no leen, no escriben, y viven en humillación y terror?”.
Se sabe que los cambios no son fáciles, no solo se pelea contra siglos de un sistema político y económico, sino que, además, los cambios requieren sacrificios. En el caso de los estadounidenses, su sacrificio es bastante indoloro. En el caso guatemalteco, como mucho del caso latinoamericano, requiere revisar su legado histórico lo cual es fácil. Cualquier curso de historia latinoamericana levemente crítico es incapaz de esconder o de justificar las violaciones a los derechos humanos que la alianza oligarca-estadounidense logró en Guatemala. Aunque el primer paso es más simple que eso, requiere como dice Fuentes, preguntarles a aquellos que apoyan al Ejército y a los oligarcas, los “que pagan salarios miserables, que son dueños de minas, pregúntenles ¿qué hacen con el dinero de ayuda exterior, para qué lo usan?”.