En la oportunidad del “Día de la Madre”, escribí una nota que les cayó pesada a alguna gente, es decir, a los que detestan ver las cosas tal como son, y prefieren un mal entendido romanticismo y una apariencia “rosada” a una realidad con todos sus colores. La cosa me recordó una frase que oí una vez a una señora de cierta edad, cuya vida había sido un desastre, pero quien había logrado idealizar su juventud, cuando según ella, todo había sido “divino”: los trajes, los viajes, las comidas, etc. Ahora estaba anciana y pobre, pero se consolaba diciendo que nadie le podía quitar “sus recuerdos”.