Lo bueno del asunto es que a partir de la presente semana los guatemaltecos ya no necesitaremos visa para entrar a Ucrania. Un logro del presidente Giammattei, que nos abre un destino posible, si en caso quisiéramos huir del desastre nacional. El paso hacia el Norte se ha complicado y eso no es misterio para nadie. Los miles y miles de guatemaltecos que se unen a las caravanas para intentar cruzar en vano la frontera gringa, podrían hoy desviar su rumbo hacia el Oriente de Europa y buscar suerte en Kiev o por ahí cerca. Posiblemente sea más llevadero vivir bajo el acoso de los bombarderos rusos, que soplarse cuatro años de gobierno de Zury Ríos o de la señora Torres, con Miguelito reinando en el Congreso. El problema es que hasta allá no se puede llegar caminando.
El viaje de Giammattei a Ucrania hace parte de ese absurdo total que significa su gobierno, como la vez que intentó entrar a Venezuela para proclamar a su amigo Guaidó como presidente. Al actual mandatario le encanta meterse en donde no lo llaman, sin ninguna conciencia del ridículo. Similar a aquella tía que llega sin anunciarse en los momentos más inoportunos, y además pide café y que le traigan galletitas. No tengo idea si fue el presidente Volodímir Zelenski quien le giró la invitación, pero su presencia en un país en medio de la guerra, estaba como fuera de lugar. ¿Qué lo hizo viajar hasta allá? ¿Qué tipo de móviles ocultos lo hicieron recorrer 10 mil 951 km aproximadamente? Si el objetivo era en realidad expresar su solidaridad con un país acosado, bien lo hubiera podido hacer por Zoom, digo yo, y nos ahorra lo de los viáticos.
Es posible que el Presidente guatemalteco, luego de haber coqueteado con esa extrema derecha de lo más cerril que abjura de la globalización y pregona el totalitarismo religioso, quiera cultivar ahora una imagen más amable frente al orden democrático. O frente a Estados Unidos, para no correr la suerte de JOH y dejar de ser un gobernante paria visto con sospecha. En un insólito discurso pronunciado en Ucrania, Giammattei se adhiere incondicionalmente a la Carta de las Naciones Unidas, a los tratados y tribunales internacionales y llama a la unión de los países del mundo libre. Clama por la paz y muestra consternación por los horrores de la guerra y preocupación por el futuro de la humanidad. “Mientras mueran seres humanos no podemos callar nuestras voces, ni voltear a ver hacia otro lado”, dijo. “Candil de la calle, oscuridad de su casa”, reza un viejo adagio popular. Digamos que es del todo encomiable que le preocupe el hambre de los niños ucranianos, pero también del todo reprobable que no haga mayor cosa por la desnutrición infantil que asola al país que gobierna. No se diga más.
Como se habló de relaciones comerciales, es posible además que Giammattei le haya ido a ofrecer a los ucranianos los minerales y los puertos que ya no quieren los rusos. ‘Bisnes son bisnes’. O tal vez fue a buscar vacunas más baratas, aunque ya no nos sirvan para mayor cosa. O solo fue a tomarse la foto, para que la comunidad internacional se fije que existe y que se da la mano con las celebridades políticas del momento. O quizás anda buscando países que lo acojan sin necesidad de visa, por si las cosas se complican al final de su mandato. ¿Quién sabe?