¡Nuestra forma de ser es insuperable! Tanto como es insuperable la habilidad que tenemos de remojar una champurrada en el café sin que se desmorone en ruta hacia el paladar; o la exacta puntería que tienen ciertas almas al lanzar el trompo: baila mareado sobre un len hasta caer borracho de cachetes sobre el piso de tierra; o la majestuosa habilidad colectiva de elevar el barrilete gigantesco encima de un cielo de noviembre. Tanto como “regáleme un cafecito por vida suya”, el típico “fíjese que” (a cambio de mentir), “y deai vos ce… biip”, “a ver cuándo te llegás a la casa” (para que nunca llegués) o “¿querés un tu dulcito?”. Pero mi palabra favorita y bien ponderada por estos rumbos resulta ser el “casi”, ¡ah maravilla! Esta flaca palabra, de patas enclenques, aparentemente inocente, es una especie de ingrata, una simbiosis entre optimismo y pesimismo que nos pinta tal cual somos. Digo optimismo, porque de seguro que usted habrá escuchado decir más de alguna vez: “casi me saco la lotería”, “casi me dan el puesto”, “casi paso el examen”, “casi me besa”. En lugar de decir “no me ama”, preferimos un “casi me amó”. Pero en esa especie de contradicción, usted también habrá escuchado su expresión pesimista: “casi me choco”, “casi me caigo”, “casi me contagio”, “casi me asaltan”, “casi te olvido”, “casi me mata”, “casi es el último en opinión sobre desempeño de presidentes latinoamericanos” (Giammattei es el penúltimo).
El asunto se pone más serio cuando se convierte en: “el Congreso casi elige nuevos magistrados” (han programado 44 veces la elección sin que sesionen, sin que elijan). Casi democracia. Casi calidad escolar (“mejor que el próximo gobierno se dedique a semejante detalle”, dicen), casi vacuna (el país más desgraciado en ese alcance), casi seguridad (muertes, secuestros, extorsiones a punto de ser invisibles), casi escuela remozada (solo las que se ven en fotos, porque las más rurales siguen en su estado infeliz). Casi fuimos felices.
Me viene a la mente la torre de Babel, que fue una construcción mítica con la que los seres humanos querían alcanzar el Cielo. Todos usaban las mismas palabras y se entendían muy bien. Pero Yahveh, para evitar el éxito de tal empresa, hizo que los constructores empezaran a hablar diferentes lenguas y con ello llegó la confusión. Simplemente hizo que no se entendieran unos con otros. ¿Quién propinó aquí semejante hechizo para que cada uno hablara su lengua impenetrable? ¿Quién ensució de tal manera a tantos políticos rastreros que presumen su propio idioma, el de quiero más, me quedo con todo, que mueran de hambre? Imposible concebir tanta mezquindad. ¡Que un pueblo jamás entienda el lenguaje de la corrupción!
Al parecer las únicas frases comunes y comprensibles que van quedando en esta torre babeliana llamada Guatemala, según su optimismo o pesimismo, son: “casi avanzamos” o “casi topamos fondo”. Siempre a punto de algo sin que pase nada.