El imperativo de unidad democrática

En este país de fragmentos institucionales, grupúsculos empresariales, politicastros coaligados en la corruptela y alto déficit de expresiones ideológicas serias y visionarias, no es de extrañar que los partidos políticos sean expresión de aquel archipiélago fatuo. Los que acá se autodenominan de derecha son en realidad minúsculos aparatos electorales que cohabitan bajo una estela de corrupción, latrocinio y cobijo oligárquico; son alrededor de veintisiete fichas partidarias. La historia reciente da cuenta de que una vez llegados al Congreso de los diputados se coaligan bajo la égida del Organismo Ejecutivo. Las tres últimas legislaturas son muestra irrefutable de aquello. No se trata de unidad ideológica, es simple coincidencia de intereses dinerarios. Propios y de sus patrocinadores. 

Los partidos políticos que se ubican en el abanico progresista no cuentan con un polo que los cohesione, sus rasgos ideológicos son variopintos y no se constituyen en punto de unión. Obviamente “los intereses nacionales” tampoco operan como crisol de fuerzas. Esto deja al potencial elector ante un panorama desolador, sin una fuerza democrática arrolladora, como en su momento lo fue el Frente Nacional de Oposición. Aquella ausencia genera inquietud en la ciudadanía que está por el cambio. El régimen caducó. Se oye decir. Giammattei solo es su enterrador. La desazón surge, porque se puede “perder” la coyuntura si no surge una plataforma electoral convincente, que genere arraigo social y popular. Por eso, cada vez toma más cuerpo la demanda de sectores organizados de la sociedad, exigiendo: Unidad Democrática. Bastante empeño se ha puesto en ello. El Grupo de Articulación y Diálogo (GAD), entre otros, ha generado espacio, entre bases partidarias y sociales, para la construcción de una agenda política al desarrollo que anime esfuerzos compartidos. La unidad política —sin embargo— compete a los partidos políticos. Nadie democráticamente cuerdo tiene duda alguna: superar este régimen de infortunio y corruptela requiere un bloque político que, acompañado de fuerzas sociales, movilice plazas, diplomacia y parlamento. Aquello es perfectamente posible, si el enredo electoral no se concibe como la meta final, sino como hito importante, pero, al fin y al cabo, tránsito natural de la democracia formal. 

De los partidos políticos: el Movimiento WINAQ llamó a la unidad de fuerzas progresistas y sociales. La Asamblea Social y Popular demandó públicamente unidad democrática, el Comité de Desarrollo Campesino convocó debates en aquella dirección. La opción de construir un bloque democrático parece madurar. Dependerá de un claro liderazgo nacional cerrar el paso al sectarismo aislacionista, madurez, mirada estratégica y un programa realista. Corolario para un acuerdo político-social. 

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez