40 años desde que el Estado de Guatemala, a través del ejército y sus fuerzas paramilitares, ejecutara una de las más brutales campañas de genocidio cometidas en contra del pueblo maya chuj de Huehuetenango, concretamente en la comunidad de San Francisco, Nentón. La masacre cobró la vida de casi 400 hombres, mujeres, ancianos, ancianas, niños, niñas y fetos, llevando al exilio a más de 9 mil refugiados que cruzaron a México en días posteriores a la matanza.
En el libro¡Yo lo vi! ¡Lo vi todo! Testigos de la masacre de San Francisco, Nentón, Huehuetenango, 17 de julio 1982, Ricardo Falla y María Pilar Hoyos recopilaron y editaron las voces de Mateo Ramos Paiz, Mateo Pérez Ramos y Andrés Paiz García, tres sobrevivientes de esa masacre. Este libro es un aporte fundamental para entender los extremos de la violencia perpetrados en contra de la población maya por el Estado de Guatemala. Pero también como un texto necesario de por qué proyectos de nación deben de colocar las necesidades de la población maya como prioridad dado que esa deuda del Estado criollo contra la población maya sigue sin redimirse y quizá jamás podrá hacerse del todo.
Los testimonios son difíciles de leer “no escatima detalles dolorosos y crudos, pero lo hace con serenidad y hasta con solemnidad, está manifestando el respeto por aquellos y aquellas que han sido tan cruelmente asesinados y que merecen ser recordados”.
Comparto un pequeño extracto de uno de los testimonios del testigo principal de la masacre:
“Los tres ancianos. A ellos, los matan con machete sin filo dentro del Juzgado. Se lo meten aquí [señala su garganta], como matan a las ovejas. ¡Aaay!, dicen. ¡Aaay!, dicen.¡Los pobres!… Los estamos mirando, les cuesta morir, sin filo el machete…
¿Y ustedes?
Nosotros estamos adentro, ¡estamos mirando! Adentro del Juzgado estamos todos. Todavía pensé: ¿Acaso vamos a dar declaración aquí? Si ya todos están muertos, puros muertos.
Matando están. Matando”.
A pesar de la violencia irracional descrita a lo largo de todo el libro, los compiladores Falla y Hoyos concluyen que: “El exterminio no fue completo, como pretendían los que lo cometieron. Han quedado testigos regando la verdad por el mundo. Sus palabras son como semillas, y son los jóvenes los llamados a sembrar —una y otra vez—, para que, al crecer, tuerzan el camino de la maldad, del desprecio y abran nuevas rutas a la bondad, a la comprensión y a la verdad, y sean así, ellos y ellas los constructores de un mundo nuevo”.
Como una joven mujer maya k’iche’, yo también tengo esperanzas en ese mundo nuevo al que apelan los tres testigos-sobrevivientes junto a Falla y Hoyos, en donde la tragedia y la violencia han marcado nuestra historia, pero no son lo único que definen nuestras vidas, por eso, concuerdo con Fernando Soto Tock, quien en su texto de cierre asienta: “La tragedia no es la conclusión de este relato”.