Gracias por el silencio

Durante los años ochenta, el teatro Bouffes du Nord, una antigua edificación detrás de la populosa estación del Norte de París, fue para mí y algunos de mis amigos un lugar sagrado. La santa capilla de Peter Brooks. El espacio donde todo lo invisible se manifestaba con una claridad cuyo resplandor podía remitir a la lucidez o la locura. Estar ahí era absorber por el espíritu el legado y la fuerza de toda la tradición teatral, a lo largo de la historia de la humanidad. Comprender lo que querían decirnos, a siglos de distancia, el Rabinal Achí, la tragedia griega, el teatro isabelino, el nō japonés… No llegabas a una representación espectacular, sino a una ceremonia, a una comunión…

Como El Mahabharata, texto sagrado de la India, un montaje de Brooks que duraba siete horas, durante las cuales se te planteaban todas las preguntas que podés hacerte a lo largo de una vida. “El Mahabharata no es simplemente un libro, ni tampoco un gran compendio de libros, es un inmenso lienzo que abarca todos los aspectos de la existencia humana”, resumía el maestro. La pieza me hablaba, a mí personalmente, sobre una guerra de exterminio entre hermanos, en donde se utilizan terribles métodos de destrucción. Millones de cuerpos muertos yacerán por el suelo y toda victoria será una derrota, en donde los sobrevivientes se preguntarán por los siglos de los siglos si aquello ha valido la pena.

Mi amiga Laurence Ackermann le escribió, en 1993, una carta a Peter Brooks. Le contaba que había acompañado a su padre, afásico por un tumor cerebral, a una cita con el neurólogo. El médico lo examinó y, luego, le mostró un cartel con una ilustración y le preguntó qué era. “Es, es, es…”, respondió el padre de mi amiga, con el semblante desesperado por no poder encontrar las palabras que buscaba. Meses después, Laurence asistió al montaje de la versión de Brooks de El hombre que confundía a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks, con Yoshi Oida como uno de los protagonistas. En un momento determinado, este último se queda solo y en silencio en el espacio escénico, con la mirada infinitamente perdida, tratando de atrapar las palabras que se le escapan. Ella estalló en un llanto incontrolable, al extremo de que tuvo que abandonar el lugar… No pudo soportar, supongo, la poesía y la crudeza de visibilizar lo invisible.

Yo tampoco pude encontrar las palabras para describir mi primer encuentro con Peter Brooks. Fue la misma noche que conocí a Marguerite Duras. La Antigua Guatemala, mediados de los años setenta, lluvia, viernes de cine club en la Alianza Francesa. Moderato Cantabile. Novela de Duras. Película de Brooks. Jeanne Moreau y Jean-Paul Belmondo, sublimes ambos. Un hombre y una mujer hablan, tarde tras tarde, sobre un asesinato, en un café que se nos antoja perdido en el fin del mundo. No pasa nada ni pasará y mientras tanto pasa todo. Lo demás, diría Shakespeare, es el silencio. Ese silencio en el que me sumergí regresando a mi casa, caminando por las calles de una ciudad anegada por la lluvia, también un poco perdida en ninguna parte.

Peter Brooks murió ayer, a los 95 años, yo le doy las gracias por el silencio y por todo aquello que me ayudó a ver. 

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Author: Maria Suarez