Aún si el compositor mexicano Teodoro Bello no se cansa de repetir, en infinidad de entrevistas, que su canción ‘Jefe de jefes’, popularizada por los Tigres del Norte, pero retomada por cuanto grupo de corridos existe sobre la faz de la tierra, está en verdad dedicada al “mejor dibujante, el mejor doctor, el mejor bombero, el mejor presidente, el mejor taxista” o para todo aquel “que busque ser el mejor”, se dedique a lo que se dedique, lo cierto es que la rolita estaba destinada a convertirse en un loor a la “grandeza” de los capos del polvo blanco.
Los Tigres del Norte lanzaron la canción de Bello en 1996, pero ya 10 años antes, Miguel Ángel Félix Gallardo, el “zar” del Cartel de Guadalajara, había adoptado el apelativo de ‘Jefe de jefes’ como su nombre de guerra. ‘The Boss of Bosses’ lo llamaban las autoridades gringas. Y en ‘Narcos México’, la serie de ‘Netflix’ que cuenta su historia, el corrido funciona como banda sonora para identificar a su personaje, interpretado por Diego Luna. No creo que el compositor no haya cobrado derechos, aún si niega la relación.
Pero independientemente de las explicaciones de Bello para desligar la canción de los capos de la droga y de asegurarnos que a él le gustan los corridos “porque son los hechos reales de nuestro pueblo” y porque “en ellos se canta la pura verdad”, ‘Jefe de jefes’ sustituyó a ‘El Rey’, en versión de Vicente Fernández, en bacanales y jolgorios que celebran las hazañas de los traficantes del polvo blanco. Cantarla a grito pelado se ha vuelto una declaración de principios para todos aquellos que quieren llegar a ser alguien parecido a Félix Gallardo, a Arturo Beltrán Leyva o a Amado Carrillo Fuentes. La cantan los “Señores”, por supuesto, pero también los sirvientes, debidamente armados, por aquello de que haya alguno que les resulte respondón.
La cantó, además, Miguel Martínez, el famoso protegido del actual Presidente de la República, casi henchido de patrio ardimiento, en un mitin proselitista el sábado pasado, en El Jícaro, El Progreso. En El Jícaro o por ahí cerca vivió durante su infancia Héctor-Neri Castañeda, gran filósofo guatemalteco, discípulo de Wilfrid Sellars, así que la región merecería mejor suerte y mejor gente, digo yo, que una pandilla alcoholizada de aspirantes a diputados, cantando canciones de los Tigres del Norte después de una pelea de gallos, o algo así.
La interpretación de ‘Miguelito’ (como él mismo se hace llamar) no tiene pierde. Es grosera, envalentonada, disonante, desafinada, aguardentosa, provocadora… Lamida, diría mi abuela, para demostrar quién es el que manda en este país, quién es el poder detrás del trono: “Soy el jefe de jefes, señores/ Y decirlo no es por presunción/ Muchos grandes me piden favores…” Pura fanfarronería, de acuerdo, comenzando porque los “grandes” no piden favores, sino que dan órdenes, y eso supongo que lo tiene muy claro quien interpreta la canción. De todas maneras la escena no deja de ser inquietante. Uno cree que el improvisado cantante y aspirante a diputado, en un acto de suprema megalomanía, va desenfundar una pistola para terminar su performance con unos cuantos tiros al aire, pero afortunadamente para el público presente, solo termina dándose de besos con un señor que tiene abrazado a la par y que se le tira al cuello para devorarlo, como en aquella canción de las Azúcar Moreno.