Después del rotundo fracaso del interinato surgido- constitucionalmente- en 2019, al haber desperdiciado, por su falta de grandeza, la oportunidad de oro de ponerle término a la corporación criminal que tiene asolado al país, lo más natural es que surjan voces disidentes, en la que nos inscribimos. Es el derecho natural, humano y político que tenemos los ciudadanos de proceder, conforme a nuestra conciencia histórica, en los asuntos públicos de nuestro país. Y de no hipotecarnos indefinidamente a una falsa unidad que sostenidamente rema hacia sus intereses particulares y crematísticos. No nos vengan ahora con el cliché de la antipolítica a quienes hemos militado en partidos y estamos persuadidos de su papel fundamental en los sistemas democráticos de procurar la mediación entre los ciudadanos y el Estado. En un país, con cierto grado de civismo, los políticos que fracasan se ponen de lado y dan oportunidad a otros. No solo la alternabilidad ha sido cancelada por la dictadura perversa sino también, en otro nivel, por aquella dirigencia que se obstina en ostentar una representación que perdió hace rato.