La discusión debe ser de Economía Política, no de Políticas Económicas (II parte)

Desde una perspectiva de economía neoclásica, el crecimiento económico reduciría la pobreza, por lo que el enfoque político apunta a la liberalización de los mercados, la eficiencia productiva y una visión individualista de desarrollo, pues asume que el individuo (homo economicus) buscará maximizar su función de utilidad en todo momento.

De manera general, las llamadas políticas neoliberales se enfocaron en reducir el tamaño del Estado buscando maximizar la eficiencia productiva, usando a los mercados como el medio para que cada individuo produzca y venda libremente lo que pueda producir con los factores a su alcance, y que cada quien construya su bienestar consecuentemente. El enfoque en este marco de economía política es exclusivamente individualista. Es decir, ignora el contexto histórico y limita el análisis de la función del Estado como un ente pasivo. Ignora además las asimetrías estructurales que para algunas personas constituyen barreras y para otras, privilegios.

Cuando se habla de erradicar la pobreza desde el enfoque del individuo, se entiende que el crecimiento económico motivado por el libre mercado (laissez faire) lograría que las personas salgan de la pobreza con vender al mejor postor lo que pueden producir con los recursos a su alcance. “La marea alta levanta a todos los barcos” es la analogía que se usa para referirse a ese efecto también llamado “derrame”. El PIB crece como consecuencia de la productividad en el uso de los factores y causaría más riqueza cuando ésta se distribuye endógenamente a más personas que producen y consumen más bienes y servicios a través del mercado. El empleo es uno de estos redistribuidores de riqueza.

Las políticas neoliberales en un marco de economía política neoclásica permitirían que los agentes con más propensión al ahorro dinamicen el crecimiento, porque al generar más inversión, provocarían a su vez la creación de empleos, el incremento de la productividad y un resultante incremento del ingreso per cápita, reduciendo la pobreza y generando bienestar. 

Todo bien en una teoría que en Guatemala no se refleja: El crecimiento económico per cápita ha sido en promedio de 1.5 por ciento en los últimos 20 años antes de la pandemia, pero la pobreza general ha aumentado de un 55 por ciento al 60 por ciento de la población (IDIES, 2015). No hay derrame.

En un marco de competencia perfecta, los salarios de equilibrio reflejarían un balance entre oferta y demanda de trabajo del mercado laboral. Los salarios e ingresos personales consecuentes serían la forma de distribuir la riqueza generada a través de más producción y más consumo. Desde un enfoque individual y marginalista, los salarios reflejarían el retorno a la productividad marginal del individuo en su área de trabajo. Una persona que se nutre, que se educa, se capacita o tiene más experiencia y conocimientos sobre una actividad productiva, generaría más ingresos con relación a esos niveles de capital humano. La realidad en Guatemala muestra que el salario promedio es de Q2,178.00 al mes. El 20 por ciento más rico gana Q5,593.00 en promedio, mientras que el 40 por ciento de la población más pobre que trabaja gana apenas ¡Q608.00 al mes!

De 7.4 millones de personas que se encuentran buscando trabajo o están trabajando (la llamada PEA), 7.2 millones están ocupadas, y el resto (un 2.2 por ciento) están desempleadas. Examinando con más profundidad, observamos que, de quienes trabajan, el 70 por ciento están en la informalidad. Es decir, solo cerca de 2 millones tienen acceso a un trabajo formal con todas las prestaciones de ley. Por otro lado, hay muchos jóvenes que no se integran a la PEA, pues deciden migrar o trabajar en actividades ilegales, por lo que no se registran estadísticamente. 

Por su parte, el salario promedio en el sector informal es de Q1,688.00 al mes. La gente que Ud. ve vendiendo shucos y en cafeterías, en el mercado, agricultores, albañiles, jornaleros, tortillerías, la persona que ayuda en los quehaceres de la casa, el jardinero, el señor del tuctuc, del pinchazo, el ayudante del taller de mecánica o el chofer de bus extraurbano son parte de esa población que trabaja en la informalidad. Ellos no cuentan con bono 14 ni aguinaldo, no tienen IGSS, INTECAP o IRTRA, no tienen certeza de contratos fijos, nada les garantiza el salario mínimo, ni vacaciones, ni días de descanso según la ley.

Por otro lado, la oferta de trabajo, es decir, las personas que desean trabajar, crece a tasas más rápidas que la demanda de trabajadores, creando un exceso de oferta laboral que empuja a los salarios a la baja. Muchas personas subsisten no gracias a los salarios que el modelo retribuye a los trabajadores, sino a las remesas que son enviadas por familiares que emigran. Y al final del día, emigran pues aun para quienes tienen trabajo, las condiciones de vida son precarias.

Todo lo anterior sugiere que el modelo económico que hemos adoptado en Guatemala es el que produce los terribles datos de desarrollo humano, social y ambiental que prevalecen. Aunque el país crece en el tiempo, la pobreza en el país ha aumentado y los ingresos se concentran en pocos. El efecto derrame no se da. La marea alta solo levanta a algunos barcos, pero hunde a muchos más. La inversión directa no es intensiva en mano de obra. Del 2004 al 2010, el crecimiento promedio del PIB real fue de 4.15 por ciento, pero el empleo creció en solo 0.9 por ciento (Galán, 2017).

La perspectiva de economía política desde una visión estructuralista e institucional, que considera el contexto histórico, social, las relaciones de poder político y otras variables institucionales ayuda a comprender con más claridad el porqué de esta realidad, y por donde ir resolviendo esas falencias. Eso en mi tercera entrega.

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Author: Maria Suarez