Durante más de medio siglo de carrera, Claes Oldenburg, artista nacido en Suecia y afincado en Estados Unidos, llenó las calles de los objetos más comunes e inconsecuentes -botellas, helados, bolos, pelotas- que por su tamaño y colorido convertían los espacios en los que aparecían en museos ‘ad hoc’, elevando lo cotidianidad a experiencia estética. Oldenburg, uno de los padres y maestros del llamado Pop Art murió ayer lunes en Nueva York a los 93 años. Su muerte la anunciaron las galerías Pace y Paula Cooper de Nueva York, que le representaban. La causa que dieron fueron complicaciones derivadas de una caída. Al hablar de Pop Art, los grandes nombres que suelen venir a colación son los de Andy Warhol, Keith Haring o Roy Liechtenstein, pero ninguno de ellos es rival en realidad para Oldenburg por lo omnipresente y amplio de su obra. Sus gigantescos objetos, coloridos, exagerados, imponentes, se hallan de América a Asia, parte del paisaje en ciudades como Los Ángeles, Washington, Róterdam o Seúl. Aquí, en EE.UU., donde se afincó temprano, Oldenburg triunfó como en pocos lugares. En la capital federal, a escasos metros del Capitolio, tiene un borrador de máquina de escribir enorme, de color rojo, plateado y azul. En Mineápolis tiene una cereza gigante en equilibrio sobre una cuchara. Filadelfia le adquirió una enorme pinza de acero para la ropa. A las puertas de un edificio federal de Chicago tiene un bate de béisbol de 20 toneladas. Meses antes de morir, colocó en el privilegiado Rockefeller Center de Nueva York una pala de jardinería azul, homenaje al renacimiento de la ciudad tras la pandemia del coronavirus. En el intenso y cargado año de 1968, el de los asesinatos del reverendo Martin Luther King y Bobby Kennedy, el artista hasta hizo un boceto para sustituir el monumento a Washington, uno de los obeliscos más altos del mundo, por un par de tijeras con los anillos enterrados bajo tierra. La propuesta quedó en un boceto muy reproducido en pósters y catálogos. Según dijo para una exposición posterior, Oldenburg pensaba que EE.UU. era como unas tijeras: «Son dos partes violentas atornilladas la una a la otra, pero destinadas a encontrarse y ser una sola». Un provocador Este tipo de pronunciamientos filosóficos, y el carácter provocador de su obra, hizo de Oldenburg uno de los pocos casos en que un artista contentaba de forma general y casi unánime al público y a la crítica. Su arte era común, popular, colorido y a la vez una inteligente crítica del capitalismo americano que adoptaba el tamaño gigante de las cosas en Estados Unidos. Nacido en Estocolmo en 1929, su madre había sido cantante y su padre era un funcionario consular sueco cuyo trabajo obligaba a la familia a trasladarse a menudo. Llegaron a Chicago en 1936. Él se mudó a Nueva York en 1956 cuando el expresionismo abstracto de los Jackson Pollock y Mark Rothko entraba en su apogeo crepuscular. Aun así, Oldenburg comenzó por la vía abstracta, con una exposición propia en 1959 con esculturas abstractas hechas de papel, madera y cuerda, cosas que, según él, había encontrado en la calle. La experiencia capitalista, sin embargo, le cambió la vida. Se puso a fregar platos en la localidad de Provicentown en Massachusetts y sintió una epifanía, quedando fascinado por platos, esponjas, vasos. En 1961, inauguró una exposición titulada ‘La tienda’, que incluía modelos de yeso de artículos reales comestibles. Año tras año, fue perfeccionado esas reproducciones, adoptando colores propios de un tebeo, y dando formas curvas a sus creaciones. Su salto a la fama fue el mismo año de 1961, cuando alquiló un escaparate en la Segunda Avenida de Manhattan y puso allí un cucurucho de helado, una hamburguesa y un trozo de pastel, todos ellos gigantes. Era, literalmente, autopromoción, sublimada después por Andy Warhol. Y aunque Warhol se llevó el grueso de la fama, no fue él, sino Oldenburg, quien fue objeto de la primera gran exposición de Pop Art en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con cien esculturas. Un ‘toque’ a Nixon Tras aquella exposición, que sublimó el arte popular, Oldenburg se lanzó a la crítica política y social. En 1969 unos alumnos de Yale le encargaron una escultura y les envió un lápiz de labios gigante sobre unas ruedas de tanque. Richard Nixon estaba en la Casa Blanca, la guerra de Vietnam arreciaba y Oldenburg criticaba así el belicismo de la época. Oldenburg estudió literatura y arte en Yale. Tras graduarse en 1950, trabajó como periodista en Chicago mientras tomaba clases de arte por la noche. También pasó un tiempo en San Francisco, donde se ganó la vida como diseñador de anuncios para pesticidas. Bill Clinton le dio la Medalla de las Artes en 2000.