En la generalidad de las encuestas recientes de opinión sobre la dirigencia política, un rasgo común significativo es el contundente rechazo y la irrisoria preferencia por todos y cada uno de los presuntos lideres, tanto de oposición como jerarcas oficialistas. Revelador de una actitud colectiva que es poco auspiciosa para un país postrado en veinteañera decadencia, ante la cual, el oxígeno que aportan unos dólares sobrevenidos, cierta tolerancia hacia lo privado y una economía de puerto libre, distan de ser signos de haber superado el mal estructural.