¿Será que la codicia salvará la democracia guatemalteca?

Desde el inicio de la era democrática guatemalteca es de todos conocido que el gobierno de turno no repite el Ejecutivo, pero sí logra elegir diputados y alcaldes. Por ejemplo, en las elecciones del 2019 aproximadamente un 33 por ciento de los alcaldes y diputados mantuvieron su cargo y el resto fuimos los “nuevos”. Es decir que la democracia sí funciona en nuestro país porque consistentemente se da el cambio de personas en los cargos. Pero hay que ser claros en que la mayor parte de la renovación se da por el voto de castigo, es decir elegimos no a favor de alguien si no en contra de alguien.

Todo Presidente se hace de su rosca, gente de confianza y que pone el pecho por él. Este sistema funciona acá y en la China, es imposible que una persona pueda ejercer el poder solito. Por lo tanto, es común que al terminar el periodo se busque “proteger” a los más leales con un cargo público preferiblemente de elección para que no sea sujeto de cambio por el que entra. El problema se da cuando dichos cargos, los seguros, se empiezan a llenar y no alcanzan para todos. La reacción del que se da cuenta que no “cabe” es la de salir a buscar donde existe la posibilidad de lograr ser electo y/o reelecto. Ese acto, propiciado por la única esperanza de mantener el poder, ha sido el que ha garantizado nuestra democracia. Todos aquellos esfuerzos para evitar que los considerados enemigos no tengan oportunidad de correr en las elecciones, se van volviendo menos eficaces conforme se acaba el periodo del que ejerce el poder. Cada vez serán más comunes las decepciones, los rechazos y las malas noticias de que algunos no caben. Entonces estas mismas personas salen a garantizarse que haya otras opciones, peleando con los dientes para que existan partidos, comités cívicos, etc., donde aterrizar. Pero también las lealtades de los funcionarios puestos por un gobierno dejan de tener la misma fuerza conforme se acerca el nuevo “catorce a las catorce”. La Contraloría, el TSE, la misma CC, empieza a flexibilizarse porque todo funcionario público sabe que eventualmente se le acaba su periodo y entonces hacerle favores indiscriminados solo por quedar bien con quien lo nombró tendrá sus consecuencias. Las posibles decisiones arbitrarias se empiezan a meditar, los posibles abusos de poder se reducen, y eventualmente prefieren dejar que más gente pueda optar a los cargos que ser incondicional a alguien que ya va para afuera. En Estados Unidos el término se llama lame duck, que en buen chapín sería equivalente a decir que es un perro que solo ladra, pero ya no muerde. 

Por muy crudo que pueda parecer, nuevamente la codicia y la escasez de puestos permitirá que la democracia se mantenga en nuestro país. Existirán por lo menos unos veinte partidos y/o alianzas electorales que propondrán igual número de candidatos al Ejecutivo y cientos de candidatos a diputados y miles de alcaldes y concejales. Probablemente nos disgustará ver las papeletas, pero lo bueno es que protegerá la alternabilidad del poder. Lo que sí DEBEMOS cambiar es ya no votar con el hígado, en contra de alguien, si no a favor de nuestros candidatos. Dejemos que el sistema político se purgue a sí mismo, pero no caigamos en el constante error de no volver nuestro voto consciente en la mejor manera de protestar contra un Estado que no devuelve a los ciudadanos todo aquello que debe dar con nuestros impuestos.

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Author: Maria Suarez