Heredados de la Guerra Fría, los guatemaltecos solo conocemos los extremos ideológicos. Una izquierda liberal “comunista” y una ultraderecha conservadora “anticomunista” ha sido —y sigue siendo— la retórica por excelencia de quienes pretenden manejar la agenda político-económico-social, como si ese fuese el único lenguaje que entendemos. La era democrática no fue capaz de borrar la línea divisoria en donde la “moderación” no existe y solo hay dos bandos. A casi cuatro décadas de “democracia” en Guatemala, estas destructivas ideologías se rehúsan a desaparecer.
Once presidentes después, es evidente que la era democrática no ha sido más que una lotería de intereses disfrazados de retorcidos y obsoletos preceptos ideológicos. Acá todavía se habla de comunistas, aun cuando esa fracasada “utopía” pasó a la historia hace más de tres décadas. Cualquier intento de la insípida y atomizada izquierda por participar en la agenda político-económico-social es calificado como una agenda de intereses “chavistas”, o de tinte socialista como el de otros caudillos de esa clase. Mientras que la agenda derechista se sataniza bajo el “depredador” capitalismo y los tentáculos que “subyugan” a las mayorías en beneficio propio. Suena absurdo, pero es así como se monopoliza la agenda mediática en favor y en contra de estos dos bandos que mantienen en silencio a la adormecida mayoría que no se siente cómoda en ninguno de los dos extremos.
La región continúa girando a la izquierda. Colombia se suma a los países que encuentran en las propuestas de la supuesta izquierda, una respuesta a su malestar. Esta tendencia no es nueva y tampoco lo son los giros al lado contrario. En ambos lados del espectro ideológico hemos sido testigos del fracaso de los gobiernos. Ingenuamente, creemos que las ideologías son las que traicionan a los pueblos y no las personas que los gobiernan. De la misma manera rendimos juicio en favor de las ideologías, cuando, en realidad, han sido grandes estadistas quienes han gobernado con éxito. No encasillaré esta nota en alguna postura de tinte ideológico, pues confío en el criterio y la memoria del lector para rendir su propio juicio.
El vaivén de la demagogia nos tiene estancados en modelos que sacan lo peor de nuestra naturaleza, independientemente de nuestra ascendencia y procedencia. Hemos sido despojados de ideologías a que adherirnos según nuestras creencias, necesidades y posturas. Una nueva historia debe escribirse. Para lograrlo es necesario redefinir nuestras ideologías, logrando que en estas imperen la decencia, la ética, la moral, el profesionalismo y la meritocracia. Al umbral de otro episodio “democrático” —llamado así por el simple hecho que en Guatemala hay elecciones cada cuatro años y no porque realmente vivamos en una democracia—, las opciones una vez más vienen sin propuestas, sin planes de gobierno y sin una clara ideología político-económico-social con la cual podamos identificarnos. Al igual que el voto histórico, regresaremos a las urnas a votar por el “menos peor”. El voto será guiado por la propaganda política, por el financiamiento tras bambalinas a cambio de intereses puntuales de los “nuevos” sectores influyentes, que dejaron fuera a los históricos grupos de poder. Un error de cálculo que ya empieza a cobrar una enorme factura.
El espíritu revolucionario se termina con el poder —independientemente su procedencia— cuando la naturaleza humana cobra su factura. Casi sin excepción, la mente se nubla en las alturas. Casi dos docenas de partidos políticos están por empezar la contienda electoral en la que, una vez más, apelarán a campañas cargadas de promesas falsas y desprestigio de sus homólogos, enraizadas en ideologías absurdas y obsoletas. Sin reinventarnos ideológicamente, el resultado será el mismo y los guatemaltecos seguiremos sin rumbo y sin salida.