¿Vivir, sobrevivir o qué?

Así como normalizamos el diario rompimiento de la legalidad, asumimos que la impunidad es parte del ADN de este país y que tenemos al frente de las instituciones personas que en cualquier sociedad mínimamente civilizada no estarían en esos cargos y ni siquiera fueran consideradas como opciones, ahora también debemos asumir que este conjunto de condiciones difícilmente se modificará para bien en el mediano plazo. Esto implica asumir, desde ya, que el concepto de futuro es igual o similar al de presente.

En este país sobrevivimos, vivimos nuestras circunstancias porque no queda de otra, asumimos roles por imposición o total alineamiento, con lo cual pasamos a ser parte del problema. Para unos es parte de un designio, pero quién sabe de dónde proviene esa profecía nefasta y para qué propósitos. Para otros, representa un camino merecido por la acumulación de errores que hemos tomado en nuestra condición de simples electores, tendencia que de pronto se volverá a repetir en 2023.

Cuando uno convive, aunque sea por breves periodos, con otras sociedades, son notorias las profundas diferencias. Se esfuerzan, trabajan, afrontan problemas, pero sus condiciones de vida son totalmente alejadas de las nuestras. Tienen un punto de partida distinto. Dan por descontadas una serie de esferas que por acá son plenamente desconocidas: existen sistemas de protección social, la seguridad ciudadana está garantizada al igual que la educación y la salud. En esos contextos son los mínimos, en nuestro caso son los máximos parámetros alcanzables.

De esas profundas asimetrías deviene otro escenario, el de la convivencia social. Aunque tienen discrepancias con los políticos, las diferencias se plantean mediante el debate libre de ideas. Allí pensar no es un delito que se agrava en la medida que se expone de manera pública. En esos contextos es difícil explicar que nuestro nivel de desempleo sea bajo pero que tras él se esconde el drama de la informalidad (no solo como factor económico). También es complejo explicar que mientras expulsamos a millones de personas, los ingresos que ellos generan y envían en parte a Guatemala (las remesas) son vistos por estos lares como el principal rubro del PIB y así saludamos con sombrero ajeno. También parece fuera de sentido que en un contexto de desigualdades tan evidentes a nivel global la élite gobernante se congratule consigo misma de ser el primer país latinoamericano que visita al presidente de Ucrania y encima de todo se aproveche para hacer un llamado a la Paz mundial, un concepto no solo desconocido en el país sino contrario a las propias orientaciones llevadas a la práctica en los últimos años.

La construcción de la desfachatez se ha hecho más evidente en los últimos tiempos. Las élites se están llevando con los pies lo poco que aún nos va quedando. De esta forma, experimentamos un episodio reiterado de vida al ras, con la cabeza y el resto del cuerpo hundidos en el lodo y la escoria por largos periodos y solo unos breves momentos para tomar aire y de nuevo prepararnos para más momentos de infortunios. Pintar otro panorama es posible, pero ello implicaría asumir la conversión en favor de quienes creen que las cosas van por el camino correcto, mientras tanto las evidencias apuntan y dan respaldo al planteamiento central de esta columna de opinión.

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Author: Maria Suarez