“Entiendan que somos diferentes” escribió Carlos Fuentes al final de su carta a los norteamericanos. “Traten de entender la diversidad del mundo. Traten de entender que queremos un progreso que sea real, y no la mentira injusta del presente. Queremos ser. Queremos vivir con ustedes como amigos leales y no como sus enfermos, pobres e ignorantes esclavos (…) América Latina conoce su camino. Nadie, mis amigos americanos, podrá parar a 200 millones de personas.”
A partir de la década de 1960, la mayoría de los países de América Latina experimentaron revoluciones y periodos intensos de organización y apuesta a través de cambios radicales que transformaran las condiciones de inequidad impuestas desde la invasión española y fortalecidas con el establecimiento de los Estados criollos a inicios del siglo XIX. Sin embargo, las armas, los militares, la violencia, las torturas, las desapariciones, las traiciones y los genocidios sí lograron poner un freno a esos deseos de cambio descritos por Fuentes. Los programas de “cooperación” fueron claves para lograrlo.
En 1962 Fuentes argumentó que “la primera medida de cooperación es saber cómo respetar los cambios revolucionarios que se llevan a cabo en los países de Latinoamérica.” Me atrevería a decir que, dado que nunca se han respetado esos cambios, entonces, jamás ha existido una cooperación real entre Estados Unidos y Guatemala. La “ayuda” ha estado condicionada en distintos momentos a los intereses políticos y económicos de Estados Unidos y a los intereses de las elites económicas nacionales. Aun cuando los fondos de los programas de cooperación estadounidense son alocados en programas sociales, estos tienen límites. Además, la ayuda humanitaria jamás será la solución a las necesidades urgentes e históricas de los grupos más vulnerables del país.
Hoy en 2022 es ingenuo pensar que US$125 millones en ayuda solucionarán el problema de la sequía en el país, atado al cambio climático convertido en una crisis mundial exacerbada por las grandes potencias, incluido Estados Unidos y un pequeño conglomerado de industrias. De igual forma, US$104 millones no serán suficientes para satisfacer lo que el Departamento de Estado considera son “las necesidades inmediatas de seguridad y protección de refugiados, solicitantes de asilo, desplazados internos y otras poblaciones vulnerables de la región.” Cómo explicar que a pesar de que el riesgo de muerte y el peligro de quedarse en el camino es de seis personas en 10, o sea, las personas no tienen ni el 50 por ciento de posibilidad de llegar a Estados Unidos, a pesar de saber eso, más personas deciden migrar. La crisis alimentaria y hambruna que la acompañan no podrán ser saciadas con US$55 millones. Ni US$26 millones lograran avanzar en las necesidades de salud, educación y desastres en Guatemala, Honduras y El Salvador.
Estados Unidos, a pesar de sus propias lecciones históricas, al parecer, le seguirá apostando al wishful thinking para lograr cambios en la región, mientras sus habitantes van un paso más allá y se convierten en una fuerza, que consciente, podría transformar la región.