La actual exposición Círculos concéntricos, instalada en homenaje al maestro Dagoberto Vásquez (1922-1999) por su centenario, presenta un recorrido memorioso de tu tiempo y su obra, muestra artículos personales y obras de sus distintas etapas, narrando a través de un diálogo con sus compañeros, discípulos y artistas de la época, la relevancia de su creación singular que saca a flote nuestras señas de identidad. Practicó el dibujo, el grabado, la escultura y el muralismo, fue maestro de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, y en la universidad. La exposición fue curada por Guillermo Monsanto y Marvin Olivares, y se mantendrá expuesta durante un mes en el antiguo edificio de Correos en el centro, hoy Centro Cultural de la Municipalidad de Guatemala.
Dagoberto Vásquez fue un artista de fuerte personalidad y estilo, que dejó extraordinarias realizaciones donde destacan las mujeres de espaldas, bajo la lluvia, tristes y desnudas (cubriéndose con velos). El artista evitó mostrar el detalle facial, congruente con ese sentido guatemalteco de la discreción, de la timidez, de la soledad, pero lo llevó al extremo de elaborar multitud de piezas de mujeres de espaldas, llevando bebés a tuto, con gestos refinados, manos sutiles, piel morena, sobre planos jaspeados que aumentan el sentido de soledad de quien caminó por una ruta ambigua, sin esperanza, bajo la lluvia. La sensibilidad plasmada es poderosa.
En lo particular, Dagoberto me quedó vinculado a los gatos, porque a principios de los años noventa mi hija María Inés de unos dos años se obsesionó con los gatos, y balbuceaba pidiéndome uno hasta que me convenció. Busqué en el clasificado del diario en la sección de mascotas, y encontré un número de teléfono de alguien que los vendía. Me dieron las señas y acudí una mañana, pero para mi sorpresa salió a la puerta nada más y nada menos que don Dagoberto Vásquez, con sus patillas canosas abundantes, y los lentes característicos. Mi asombro fue obvio. Con admiración procedí a negociar el gato a ciegas, porque era producto de los suyos, y aproveché la plática para comentar sobre su obra. Salí de la casa del maestro con un gato siamés de fino porte, orejas y patas negras, pelaje grisáceo y un maullido que me parecía equivalente a un pequeño lamento humano. El gato estaba destinado a mi hija, pero me escogió a mí. Tiempo antes del fallecimiento del artista, el gato se escapó de la casa y ya no lo recuperamos, quizá volvió a las pinturas del maestro, y desde entonces yo busco en sus cuadros las señales a la fuerza del gato siamés, huraño y orgulloso, como las protagonistas de sus pinturas, que sin ser gatos precisos como los de Magda Eunice Sánchez, Maco Quiroa o Ramírez Amaya, sí hacían de alguna manera presencia como trasunto de la realidad, o están apenas en mi imaginación inventiva. Es más, hay veces que ya no estoy tan seguro de si esta historia sucedió como recuerdo, o si son figuraciones de un sueño.