Aún recuerdo las primeras manifestaciones del 2015, cuando los guatemaltecos salimos a las calles con un solo objetivo. El hartazgo de la ciudadanía ante la desmesurada corrupción del Partido Patriota nos llevó a encontrar un punto de encuentro en el que cabíamos todos. Con las espadas ideológicas envainadas, nos dimos cita, semana tras semana, hasta lograr lo impensable: la renuncia de la en aquel entonces vicepresidenta, Roxana Baldetti. Ingenuo es pensar que fue exclusivamente la presión de una diversa multitud la que dio paso al derrocamiento del binomio Pérez-Baldetti. En general, las condiciones que se vivían por aquellos días en el país —y en el mundo— eran propicias para lo que aconteció. La institucionalidad en el país había avanzado considerablemente, las relaciones con la comunidad internacional eran buenas y proactivas; Estados Unidos tenía un claro entendimiento de la región y su hegemonía era indiscutible, “La Embajada” aún era respetada por las autoridades locales y por los históricos grupos influyentes del país. Por primera vez en la historia, lo que todos sabíamos se hizo del dominio público, empoderando así a una ciudadanía perpetuamente adormecida. Las calles fueron el escenario de una representación del país que, sin espadas ideológicas y al unísono, cantaba el mismo himno con el mismo objetivo. Vivimos una fiesta cívica en contra de la corrupción y la impunidad.
¿Qué nos llevó a donde hoy nos encontramos?, lo dejo a criterio del lector. Cada uno tiene su óptica acerca de la gestión de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG); la polarización y divisionismo que surgió a partir de la misma, la expulsión de esta del país y lo que aconteció de allí en adelante hasta llegar al día de hoy. Lo que es un hecho indiscutible es que tanto Guatemala como el mundo cambiaron, y que el retroceso derivado de la administración del presidente Donald Trump repercutió en la región al igual que en todo el mundo. Estados Unidos aún intenta ordenar su desorden, al punto de llegar a la posibilidad de llevar a juicio, por primera vez en su historia, a un expresidente. Su hegemonía en la región del Triángulo Norte, hoy entelerida, empieza a dar señales de vida, pero todavía es incapaz de surtir el efecto acostumbrado. Por ello, algunos “líderes” de la región se sienten “soberanos” y hacen lo que les da la gana; situación que tiene fecha de caducidad. Mientras tanto, aquellos en los tronos se nublan, al igual que quienes orbitan a su alrededor embriagados de un poder que no les deja ver más allá que su propio “reinado”. Sin embargo, no todos aquellos que por diversas razones se sumaron a las agendas de turno, pasaron el punto de no retorno. La gran mayoría conoce los límites y están claros de las consecuencias de cruzarlos. Estos, sin duda, darán marcha atrás y romperán filas cuando se cruce esa fina y delgada línea.
La persecución en contra de Jose Rubén Zamora cambia el escenario en Guatemala. Chepe se convierte hoy en ese punto de encuentro en el que cabemos todos, en el que nos vemos reflejados independientemente de nuestra postura ideológica, nuestra procedencia y ascendencia, nuestro pasado, presente y futuro. El escrutinio internacional se intensificará, la ciudadanía en general encontrará en esta persecución un referente que promete unirnos en un solo objetivo capaz de, una vez más, capitalizar el hartazgo de la mayoría. La acusación en su contra no será suficiente para desaparecer la imagen en la que todos nos veremos reflejados. Hoy toca hacer una pausa ideológica en esta batalla absurda de bandos resucitados sin contexto. Los errores del pasado, independientemente de quién los cometió, no justifican que los repitamos. Chepe puedo ser yo, usted, aquel, su empresa, su nombre, su reputación, su pasado, su futuro…