Ni manifestaciones multitudinarias, ni negociaciones, ni elecciones, ni presión internacional, han hecho tambalear el gobierno usurpador que preside Maduro. Nada de lo que hasta ahora ha sido emprendido para acumular fuerzas que favorezcan la transición hacia el rescate de la institucionalidad y la reconstrucción de una democracia exigente y cercana al ciudadano parece cambiar el horizonte venezolano, cada vez más sombrío.